miércoles, 31 de diciembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 12: DICIEMBRE, EL DETECTIVE EN EL VESTÍBULO DE HOTEL, (LOBBY ROOM, 1943)


Algo que nunca entendí cuando empecé la investigación fue cómo la víctima pudo entrar y salir de la Facultad para aparecer muerta dentro de ella. Así me lo confirmó el conserje. Tras las cavilaciones, tras el trabajo moribundo de la noche, bebido, veía aparecer el muerto sonriendo en los bares alegres de la otra cara de la ciudad. Algo traía la impresión del suicidio, de la víctima muerta por la mano de la víctima, pero dice la experiencia que nadie puede asfixiarse a sí mismo, que hay que recurrir a objetos extraños antes de perder el conocimiento, sogas, barbitúricos o balcones elevados. No pudo estrangularse a sí. Pero estaba esa impresión de todo realizado por él mismo, entrar, matarse y volver a salir saludando. Sólo un detalle me condujo a la resolución. Quizá el orden no era el aparente. Quizá los meses no siguen su curso y yo me encontraba intentando ver la cara a un hombre que me daba la espalda, sin ser junio, pero siendo noviembre. Tardé en anudar las situaciones: un muerto con el pantalón por los suelos en los servicios de la Facultad a quien la faltaba un calcetín negro. Una secretaria compungida me contaba la aparición fatal de la muerte. Recordaba una cabaña en la costa donde pasaron juntos el verano y la aparición de un hermano de pronto. Y ese rostro que yo había visto en otro lugar. Elaboré las dificultades. Todo pudo empezar en una sala de cine donde la acomodadora no mira la pantalla. O en la casa de los asesinatos a cuchillo de un hombre poseído por su madre. O una oficina en una pequeña ciudad, un grupo de gente mirando el sol, y un encuentro sin palabras en una noche de verano. Así, todo debía estar en la salida de todo, en aquel bar nocturno donde un hombre me daba la espalda.
Visité el pequeño embarcadero, hablé con el viejo, pregunté por la secretaria y su muerto y me confirmaron su estancia allí el verano anterior. Y la llegada del visitante del cuál no quería hablar aquella mujer. El viejo actuaba como el conserje y no acertaba a diferenciar quién llegó y quién se marchó. Porque los rostros eran exactos: el hombre del bar era la cara del muerto amoratado que tenía el cabello entre el orín. Cuando llegué al vestíbulo del hotel, me confirmaron el apellido que esperaba y un hombre que huyó la noche anterior. El inspector ya se me había adelantado y charlaba con una señora sentada en los enormes sillones de entrada.


- Usted siempre llega tarde, Hopper.

Por mis conjeturas nunca corrió aquella idea: la carne entre los hermanos como motivo del fratricidio. Que se mantuviesen treinta años compartiendo la cama y el beso. Yo sabía desde luego, que los muertos con los pantalones bajados sobrevienen de los crímenes pasionales, pensé en la secretaria canija, agente doble, amante y bisagra, que sólo resultó ser un punzón en la cicatriz.


- ¿Y el tipo?

- Como si se lo hubiese tragado la tierra –fue lo único que dijo el inspector.

O el mar. Aquel hermano gemelo entró en la facultad, hizo el amor de pie en los servicios, como pago atrasado, como muestra de buena voluntad, de cariño que no se apaga, y tuvo la fuerza suficiente de romperle la tráquea a pesar. Después se sabría lo del embarcadero, una fotografía de un rostro arañado por los peces. Y una reseña mía, un lunar en el lado izquierdo, simétrico al de mi muerto.


domingo, 14 de diciembre de 2008

LA FORMA DE QUERER TÚ, DE PEDRO SALINAS

La forma de querer tú
es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
es el silencio. Tus besos
son ofrecerme los labios
para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías,
que me quisiste: jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
mapas, augurios, teléfonos;
tú, no.
Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.

EL MIRADOR DE IRÉNE NÉMIROVSKY

Elisabeth Gille, la hija pequeña de Irène Némirovsky, de quien hablamos en este blog en Suite Francesa: gloria y peste humana, publicó en 1992 la historia de su madre en una biografía novelada apasionante llamada originalmente Le Mirador, que sirve de subtítulo a la edición española realizada por Circe en el año 1995.

En Suite Francesa atisbábamos la tragedia. Y el completo prólogo realizado por Myriam Anissimov nos puso en situación. Sin embargo, la obra de Elisabeth (Babet Epstein) Gille cuenta la vida de su madre, a través de su propia voz, desde el nacimiento en la fría pero acogedora Kiev hasta el día terrible en que dos gendarmes la acompañaron, maleta en mano, hacia el campo de concentración de Pithiviers. Y paralelamente, en breves incisos previos a cada capítulo, narra Babet su propia vivencia, desde su nacimiento en el año 1937 hasta la total toma de consciencia de lo ocurrido en 1962, cuando visita Pithiviers, de nuevo el campo maldito.

El libro es el complemento ideal a Suite Francesa –manuscrito que sobrevuela gran parte de Le Mirador-, aunque el mejor complemento sean las obras de Némirovsky, también presentes, por supuesto, enriqueciendo la prosa de Gille, transmutándola en una médium de la escritura de su madre. Se suceden pasajes estremecedores de la Revolución de Octubre; alocadas noches de verano juveniles en Hendaya; rastreros literatos apuntados al carro del colaboracionismo y el antisemitismo. Descubrimos la engañosa felicidad del periodo de entreguerras que propuso la creencia de que Francia (el país de la mesura y de la libertad, de la generosidad) nunca permitiría el acoso a los que llevarán, en un futuro tan cercano, la injusta estrella amarilla, y por tanto, no es necesario huir a Estados Unidos, como tantos propugnan;. Vivimos en las visitas a la Gare de l´Est de las dos niñas –un cartelito con el nombre de sus padres-, esperando reconocerlos entre los famélicos cuerpos que vuelven del terror de los campos de exterminio. Nos desvela ese misterio de ser judío y qué significa para los demás (Sé es judío por la mirada de los otros, lee Elisabeth en Sastre). Y conocemos a héroes, casi anónimos, como Albin Michel, la dulce y coja Julie Dumot, los Esménard, André Sabatier… O el retrato sangrante de la madre de Irène, la cruel abuela que, cuando sus nietas huérfanas se presentaron en la puerta de su casa, tras sobrevivir a la guerra y la gendarmería francesa, sólo supo recomendarles, con toda maldad, un hospital parisién para niños pobres.

La obra se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera va de Kiev a París. Desde el nacimiento de Irène hasta la felicidad del año 1929 –casi al borde del crack de Nueva York. Presenciamos la evolución de la pequeña y ermitaña ucraniana, entre el ascenso al poder de su padre y el descenso a los infiernos de champán de su madre. Las noches de juerga y el hallazgo del amor de Michel (Misha) Epstein, el nacimiento de las hijas y el triunfo como escritora.

En la segunda parte, 1942 (días previos a su secuestro y muerte), el hermosísimo mundo se ha derruido. Muchos de los escritores admiradores de la Némirovsky han dado el paso hacia el fascismo y colaboran escribiendo panfletos antisemitas. Los decretos se ceban en los judíos. Ni siquiera pueden volver a París. Quedan encerrados en Issy-l´Evêque, confinados. Elisabeth Gille, quien en la primera parte de la obra ha cultivado el sublime lenguaje de su madre, adornado a través de obras de época (este libro fue soñado a partir de otros libros, dice), en esta segunda se deja arrastrar por cartas privadas y noticias de prensa que no hacen ningún favor al carácter de su madre. Encontramos a Irène releyendo las maravillosas críticas enclaustrada en el acoso. Papel nada preciso para una mujer que en esos momentos escribe la fastuosidad de odio y comprensión de bajeza humana que es Suite francesa. Algún pero tenía que haber.

Elisabeth murió poco después de cáncer. Denise, su hermana mayor, pospuso la publicación de Suite Francesa, el manuscrito que viajó en la maleta de su madre en aquella desbandada de París, cuando Bogart miraba por la ventana con Elsa, cuando los alemanes pisaron con rabia el pavé del corazón de Francia. Aquella Francia de la mesura y de la libertad que condujo a Irène Némirovsky al tifus y la muerte.

viernes, 12 de diciembre de 2008

LOS GÉNEROS DEL DOLOR Y EL ABANDONO: 04, LA LEY DEL PUÑAL Y EL CORAJE

En el tango los hombres, los malevos, usan navaja y con ella deambulan por el barrio como instrumento de la identidad, la supervivencia y la reafirmación viril. Véase sino El Tango de Jorge Luis Borges. Con ella podían marcar el rostro de la pebeta que les abandonó, desafiar al entrometido y probar su condición de macho arrabalero en una esquina rosada. Pero la presencia del metal, la ley de puñal y del coraje no reside sólo en el Mar de la Plata. Como figura de excepción en la copla aparece la irresistible Lola Puñales que en el nombre lleva el arma del crimen y de su perdición.
Lola llegará hasta el final sin arrepentimiento y sin intentar evitar un tormentoso destino. Como así lo ruega la protagonista de otra copla que se entregará a un tal Sargento Ramírez, hastiada ya del caso omiso de la Benemérita, que le lleva a cortar con un cuchillo de luna un te quiero cuando encuentra a su querido retozando entre los juncos. No será el único caso de celos mezclados con navaja. Antonio Vargas Heredia es el mítico asesino por antonomasia, por culpa una hembra gitana y yerro en mano.
A la raza calé pertenece también Lola Puñales, heroína de los acasos trágicos que el imaginario al uso une indisolublemente a la sangre gitana. Tras diversos amoríos donde se complace en maltratar y desdeñar a los personajes masculinos que siempre se llaman “de don”, caerá rendida ante unos ojos que le vaticinan que de tanto jugar con fuego llegará a quemarse. Los ojos morenos en cuestión incluso le quitarán la rosa de sus rosales y ante tamaña afrenta, Lola Puñales hará uso de su apellido. Lo sigue hasta la reja donde el perverso amante bebe de otros besos. El escarnio y la burla arrastran a Lola y en la calle dará muerte al enamorado que se atrevió a escarmentarla. Y no llegará el arrepentimiento de Lola, sino que muy al contrario reclamará la presencia de los jueces para confesar su crimen. Jura estar en sus cabales, que no quepan dudas y repetir el crimen si hubiera menester. Así ordena al escribano que recoja que no le faltó sangre fría, que no le tembló la mano para ejecutar la sentencia sobre aquel que le juró cariño en vano.
Otro juego de espejos, pero esta vez no desde el contagio irremediable de Tatuaje sino desde la máxima de quien a hierro mata a hierro muere y el pago con la misma moneda. Los ojos morenos del amante frívolo aprovechan la inusitada entrega de Lola para hacerle probar su propia medicina. Los ojos morenos encabezan una revuelta para vengar tantas afrentas de la Puñales hacia el género masculino. Pero Lola lo corta de cuajo cuando sube un escalón más aún y destroza así el espejo, el reflejo que la cantinera de Tatuaje se comprometía a seguir de por vida.
Lola Puñales prefiere la transgresión, el enfrentamiento cara a cara con la Ley, el Sistema y los jueces, a los que invita a pasar para que certifiquen el crimen y que así se haga público. Como si de mantener sus principios se tratase, o su honra, Lola no soporta la ignominia, el engaño, el oprobio causado por la pérdida de la virginidad con alguien que traicionó su entrega. Esta vena romántica, apasionada, contrasta con el navajazo tanguero. Tan caliente es aquel como éste es frío. Al fin y al cabo nos enfrentamos a la dicotomía entre el honor -la condición viril que resuelve defender el macho, demostración para la supervivencia arrabalera fruto del enfrentamiento a una superpoblación de gallos en el corral- y la honra –la que defiende Lola Puñales como categoría de supervivencia social como desagravio, para no ser una mujer manchada en su ámbito sociocultural. Honor y honra, reversos de una misma moneda, aquel con testosterona y orgullo, ésta con amenaza y vergüenza.
Mientras el navajazo tanguero no recurre a instancia policial o judicial alguna sino que la rehuye constantemente y pretende la impunidad del crimen -asumido con naturalidad como manera propia de las leyes del arrabal-, el navajazo de Lola Puñales y el de la mujer que se entrega al sargento de la Guardia Civil, reclaman el castigo como inevitable, como una manera de publicar y esclarecer los motivos que conducen al crimen. Y una purificación. La entrega por ello no es sólo imprescindible sino que se muestra como una obligación natural. En el caso antedicho de la mujer que se entrega al susodicho Sargento Ramírez es más patente: la protagonista avisa de sus intenciones, pretende ser detenida y guardada a buen recaudo, sea cual sea el motivo que para su encierro aduzcan, con tal de evitar cometer el asesinato irremediable.

La obligación moral, la consciencia de la trasgresión inexistente en el tango –donde la cárcel, la gayola, siempre está injustificada- es inapelable en los casos vistos. Incluso, previo a la comisión del delito. Así, incluso Antonio Vargas Heredia, querido y admirado en toda Sierra Morena, terminará sus días llorando y arrepentido en chirona.

DETECTIVES EN LA GUANTERA 07: FABIO MONTALE




Hay series de detectives donde la presencia de la ciudad lo domina casi todo. Lo hemos visto con Gunther y Berlín –y Viena-; con Brunetti y Venecia; con Carvalho y Barcelona; con Holmes y Londres; con Adamsberg y París; y comarcas como Scania para Wallander o la mítica ciudad de Vigátà para Montalbano. Pero Fabio Montale no sólo vive en Marsella, sino que Marsella es la verdadera protagonista de su trilogía.

Jean-Claude Izzo, el autor, era marsellés hasta el tuétano. Y el protagonista de Total Khéops, Chourmo y Soleá, Fabio Montale, también. De hecho hay en el charnego, escéptico y enamoradizo detective mucho de su autor. Marsella es una ciudad de aluvión, una vieja dama mediterránea, esquilmada por la Mafia, la incompetencia política y vestida con la nostalgia de esas ciudades que conservan el esplendor del pasado en sus ruinas. El autor y el protagonista son hijos de inmigrantes, gentes del sur, de España, Italia, Argelia… Crecidos en la muy republicana Francia, que se lamía las heridas de una Segunda Guerra Mundial, donde se le supuso victoriosa, cuando se lanzó a la carrera colonial para nutrir la grandeur, y que a finales del siglo XX se veía envuelta en la pez adiposa del Frente Nacional, la corrupción y la desesperanza.

Los barrios parisinos –Francia y París, así decía mi vecino: “Dos de mi hijos trabajan en Francia, el otro no, el otro trabaja en París-, los banlieu estallaron a principios del siglo XXI en un castillo de fuegos artificiales y coches ardiendo donde resonaban unos ecos extrañados del 68: era la miseria la que afloraba, no ya el deseo de cambio y revolución, sino la segregación a través de los años, el estancamiento étnico. Pero los pobres siguen siendo los mismos pobres y punto.

En ese inicio de la historia actual, esos años noventa que supusieron la asunción de la inmigración como fenómeno, la población inmigrante ya no era de mayoría europea, trasladada a Europa desde Europa, sino con una mayoría de otro continente buscando su parte de la felicidad. Fruto fue en gran parte del fermento del colonialismo -que sirvió para llenar las filas de los deportistas de élite franceses con hijos de los territorios de ultramar y las calles de hombres y mujeres desamparados-, que dejó la garganta del país atragantada y sin saber digerir.

Pero no sólo fue París. Marsella, la gran señora de la Provenza, también en provincias, es un ejemplo de mezcla, de caldereta variada. Allí es donde Izzo coloca a su sosias Montale, en los barrios casi derruidos sobre los que rapiñan las grandes inmobiliarias, en los proyectos de modernización de los puertos camino de convertirlos en parques temáticos, en un sistema donde cala el ordenamiento mafioso. Barrios desafortunados que persisten en su maltrato, intratables para los métodos tradicionales del Estado. El olvido echa unas raíces de tal profundidad que sobre la basura crece la basura con más fuerza. Olvido social.

Montale, aficionado al buen vino, enganchado al pastís, la gastronomía tradicional y el whisky, es en la primera novela un policía rebajado a los más difíciles suburbios, donde trata de negociar la vida con los expulsados del paraíso europeo, ese que casi siempre está en el septentrión. Defraudado, no podrá seguir en el Cuerpo. Porque además recaen sobre él la historia del barrio, como una losa, la mismísima historia de Marsella. Los amigos desaparecidos, los atracos con muerte en farmacia, niñas violadas, putas antillanas que le dan cariño, periodistas perseguidos, amables viejos, amigas de la juventud que son amores imposibles, mafiosos pudientes con restaurán, camellos sin futuro.

Hay un pesimismo europeo que recorre la trilogía de Marsella. La pérdida final de confianza en una organización social saludable. Los palos del sombrajo de la liberté, egalité y fraternité han sido barridos por el temporal de la posmodernidad. La política hizo el resto. El panorama es desquiciante y los personajes de Izzo habitan ese inframundo de los sentimientos y la pérdida ideológica. Aunque Marsella conserve su luz inalterable, su belleza de puerto griego de focidios, de cala histórica, venerando el día de la llegada del cuerpo yacente y hermoso de Rimbaud o la leyenda de Protis y Gyptis. Y en el paisaje la animosidad de sus barrios tradicionales, la calma del pequeño paraíso en Les Goudes, donde Montale habita una cabaña. El tráfico insoportable de sus rondas y avenidas, el azul del mar que puede dañar la vista, las islas frente al puerto. Y la poesía. Izzo, también poeta, destila en su trilogía continuas referencias, que hasta los gañanes conocen. Los poemas de Louis Brauquier, marino; o los ritmos de rap que asolan los suburbios marselleses –y que dan título a la primera novela. La poesía se desliza entre copas de pastís y mauresque, vino de Cassis y chupitos de Lagavulin.

Nada es ajeno: ni los incendios mediterráneos de verano. Pero en la trilogía de Montale, es la presencia del mar la que se convierte en una constante. No podía ser menos tratándose de Marsella. Montale pesca, vive noches en el mar, prepara las doradas a la brasa los domingos. Incluso en el mar suceden las tragedias. Y del mar provienen la mayoría de los personajes y las cosas: del Magreb los barbudos con el Corán bajo el brazo –muchos de ellos junto a una 9 mm-, los cargamentos de estupefacientes, los ilegales, los naúfragos, los tesoros, los amigos retornados de Djibuti, Santo Domingo, Numea, Indochina.

Pero como dice IAM –un grupo de rap-, y asume el propio Izzo, “las dos plagas de Marsella son el caballo y el Frente Nacional”. Las conspiraciones islámicas quedan en pañales frente a las confabulaciones de la Mafia y la Camorra con los delincuentes locales, la policía, los políticos más allá de la derecha y la internacionalización de la economía criminal, en competencia.
Marsella, Izzo y Montale forman las tres columnas de un formidable pórtico. Un canto a la belleza de las ciudades del Sur y sus podredumbres. Son a menudo amores secretos los que se comparten con una ciudad, lo dijo Camus. Un argelino.

La serie de Fabio Montale:
Total Khéops, Akal, 2007
Chourmo, Akal, 2004
Soleá, Akal, 2005

Para más información:
http://fabiomontale.free.fr/
http://es.wikipedia.org/wiki/Jean-Claude_Izzo
http://www.jeanclaude-izzo.com/

Octubre 2008, Alfonso Salazar.

sábado, 6 de diciembre de 2008

QUISIERA RAJAR MI CORAZÓN, DE IBN HAZM

Quisiera rajar mi corazón con un cuchillo,
meterte dentro y luego volver a cerrar mi pecho,
para que estuvieras en él y no habitaras en otro,
hasta el día de la resurrección y del juicio final;
para que moraras en él durante mi vida y, a mi muerte,
ocuparas las entretelas de mi corazón
en la tiniebla del sepulcro.

martes, 2 de diciembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 11: NOVIEMBRE, HABITACIÓN DE HOTEL (HOTEL ROOM, 1931)



Le dolían las articulaciones de los dedos. Sudaba el cuerpo y dejó la ropa a los pies de la cama; se desnudaba entonces despacio, para notar su cuerpo, pasando el dorso de la mano por su cintura, con los dedos doloridos en las trabillas del pantalón. Se quitó despacio los calcetines, como él hiciese en aquella fotografía. La calefacción es insoportable en el cuerpo acostumbrado a las temperaturas rígidas de las ranuras de su casa. Habría sido imposible volver al hogar de siempre, donde esperaba la llegada de la sangre, de golpe en el pecho, a pesar de los años transcurridos. Habría sido imposible convivir en la misma ciudad con su hermano amancebado, con su hermano acompañado en la puerta de unos grandes almacenes, con una mujer que se le antojaba mancharía su cuerpo -tan exacto a él mismo- y que rasgaba con las uñas el pasado infantil, el encierro de la adolescencia en el amor mutuo, más que fraterno. Nadie puede concebir el dolor que siente el otro. Ni la mueca extraña que trae la muerte violenta, sin lo apacible del padre muerto. Por eso se refugiaba en el lugar tan común, un hotel tan parecido a todos los hoteles, todo simple y austero, vacío el armario del cuarto de baño con una sola y antigua pastilla de jabón. Una toalla que reponer. Sólo papel de membrete en la mesita, una tarifa de precios en temporada alta y baja. Sus ojos recorrían las imágenes que ya viese en la pantalla o leyese en los libros, novelas de los hoteles comunes, poemas de los lugares comunes, todos los detalles iguales como la realidad, intentando expresar la soledad en las habitaciones de hotel. Le pareció torpe el intento de enmascarar la soledad en las habitaciones de hotel y las fotografías. Pero él no tenía fotografía alguna, porque se encerró con lo puesto. Ni siquiera podía deshacer lamentable la maleta como los protagonistas de los viajes románticos, cada patria donde cayese el sombrero, fracasados, sin un lugar donde caerse muertos. El sí tenía un lugar donde caerse muerto -y nunca más cierto: caerse, hundirse, penetrar profunda y lánguidamente- un lugar donde morir y perderse de recuerdos. No era necesaria aquella fotografía del amor quitándose los calcetines negros, pues todos los espejos están en las habitaciones de hotel. Era la ventaja del huevo materno. Cuando se miró en el espejo, con la rodilla en la barbilla casi, flexionado sobre el calcetín, era su hermano en la fotografía. Delataba el lunar, su lunar en el espejo era simétrico, el lunar que tuviese el amor de los calcetines, aquel que no enrojeció como el rostro sin aire, en un forcejeo tan equilibrado. Nadie puede saber qué siente el trágico. Pensó en el embarcadero de los juegos adolescentes, el lugar de comunidad de la muerte. Se enfrentó así a la crueldad del suicidio, a la cobardía en el pensamiento, la valentía en la decisión y las consecuencias. Se acordó del familiar del cuello rajado, del padre llevado por los ojos empequeñecidos, de tantos que se fueron por la puerta. Sintió el deseo de unirse a la comitiva, tomar la antorcha y encabezar la procesión nocturna por los senderos del bosque que llevan al embarcadero. Quiso dejarse ir en el arranque y no tener que explicar a nadie historias oscuras y causas que el tiempo llevaba. Quiso romper el espejo poco a poco y terminó dibujando lunares con un lápiz de labios olvidado. Volvió a vestirse y tomó rumbo a la costa. Había decidido elaborar un recuerdo silencioso que nadie conociese: la muerte sola.

TODOS LOS CUADROS

lunes, 1 de diciembre de 2008

LA NATURALEZA DEL ESCORPIÓN, DE AURORA PINTADO

la historia que hoy te cuento no es nueva
tampoco es antigua
simplemente es permanente
he venido para decirte
que duermo de pie como los caballos
y que
igual que los ojos se me vierten sobre ti
llega la tarde y me tiende un cerco
he venido para dejar caer unas palabras
que hagan ruido al romperse
he venido para demostrar
que se puede navegar la inmensidad de puré de coral
he venido frágil y solícita
como nunca antes
he venido furiosa y radiante
como siempre ha sido.

REFLEJOS, DE PEPE RAMOS

Ahora que llevas meses
sin verla, que es martes
y estás solo y borracho
en una cuneta
te das cuenta de que
ella tenía razón:
algo no funciona
entre vosotros.

domingo, 30 de noviembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 10: OCTUBRE, LA CURVA DEL PUENTE (MANHATTAN BRIDGE LOOP, 1928)



Las ciudades se poseen en la constancia, en el paseo habitual, en un recodo conocido. Como cerrar los ojos en la esquina y saber qué paisaje hay que reconocer, qué cartel a la derecha, qué puerta con aldabones a la izquierda, qué dibujo el terrazo del piso, qué estrecha, qué ancha la calzada, un aroma cierto en aquel café, una situación en la memoria de aquel café. Pero hay viajes que sólo tienen sentido en la presencia, que sólo tienen sentido en la ausencia. Así ocurría en el puente. Porque más allá del puente, en la fachada marrón, cuadriculada, en una ventana del segundo piso debía aparecer el amor humanizado, esa obsesión, aquel arrastre que obliga los pasos, la dirección de los ojos. A cualquier hora esperaba el movimiento de las persianas, la luz apagada a las dos, el frío siempre presente, todo atormentado. Al otro lado del puente se consumía en el odio, y llegaba borracho, insultaba en la distancia, daba razones al abandono, quitaba razones a la ausencia, comprendía el dolor, se regocijaba en una traición más grande que el rechazo. Cuando tú vuelvas, murmuraba, cuando vuelvas hermano. Vinieron los meses a desvestir el razonamiento, haciendo más entrecortadas las visitas, ocupándose otro entretenimiento cerca de lo cotidiano, frecuentar otros bares muy nocturnos, y supo que nada tienen que ver entre sí, el deseo, los días y la generosidad. El puente fue paso obligado, terreno sin miedo, compañía de ratas, solidaridad en la podredumbre. Pero aquella caída de los meses, aquel trastorno del inevitable camino, no seguir ya su rostro, no pensar: ya pasó por aquí, pudiese pasar ahora. Conocer los automóviles del vecindario, los vagabundos, el olor acre del río, no esperar ya la luz para saberlo en casa. No querer ya volver a verlo, con un padre muerto, con una madre muerta.
Aquella caída de los meses deshizo el encanto de los alrededores. Evitaba entonces pasar junto el puente, temía su presencia, temblaba en la posibilidad de ver su ropa colgada en la ventana, o sus ojos mirando, desnudo en la vergüenza de ser descubierto. Pero el día de aquel aniversario, el luto de la madre muerta en una tumba sin lápida, aquel día fue el alcohol hasta el puente y estuvo de pronto mirando el río, recordando las tremendas riadas y traspasando el umbral que se prohibió a sí mismo. Cruzó tan trágico la curva hacia el puente con la mirada perdida. Gritó tan trágico en la curva hacia el puente con la mirada perdida. Gritó su nombre bajo la ventana, apedreó los cristales y un rostro de mujer desconocida apareció en el balcón mirando sereno al borracho. Supo entonces que el amor ya no vivía allí.

TODOS LOS CUADROS

martes, 25 de noviembre de 2008

NOCTURNO, DE LUIS GARCÍA MONTERO

Aplauden los semáforos más libres de la noche,
mientras cruzan cien motos y los frenos del coche
trabajan sin enfado. Es la noche más plena.
Ninguna cosa viva merece su condena.
¿Corazones o lobos? De pronto se ilumina
en el sillín con prisas la línea femenina
de un muslo. Las aceras, sin discrección ninguna,
persiguen ese muslo más blanco que la luna.
Pasan mil diez parejas derechas a la cama
para pagar el plazo de la primera llama
y firmar en las sábanas los consorcios más bellos.
Ellas van apoyadas en los hombros de ellos.
Una federación de extraños personajes,
minifaldas de cuero, chaquetas con herrajes,
y el hablador sonámbulo que va consigo mismo,
la sombra solitaria volviendo del abismo
Luces almacenadas que brotan de los bares
como hiedras contratan las perpendiculares
fachadas de cristal. Hay letreros que guiñan,
altovoces histéricos y cuerpos que se apiñan.
El día es impensable, no tiene voz ni voto
mientras tiemble en la calle el faro de una moto,
la carcajada blanca, los besos, la melena,
que el viento negro mueve, esparce y desordena.
Yo voy pensando en ti, buscando las palabras.
Llego a tu casa, llamo, te pido que me abras.
La ciudad de las cuatro tiene pasos de alcohólica.
Desde el balcón la veo y como tú, bucólica
geometría perfecta, se desnuda conmigo.
Agradezco tu vida, me acerco, te lo digo
y abrazados seguimos cuando un alba rayada
se desploma en la espalda violeta de Granada

miércoles, 19 de noviembre de 2008

PESSOA EN EL CORAZÓN DE LISBOA

Es difícil encontrar a lo largo del siglo XX una personalidad tan abrumadora y abrumada como la de Fernando Antonio Nogueira Pessoa, en el planeta de las letras ibéricas. Autor de poesía innumerable, prosista, ensayista heterodoxo, brillante y solitario, encarnó como nadie la imagen del poeta mítico en sí mismo. No sólo dedicó su persona a la personalidad del poeta, no sólo hizo de la poesía la única razón de vida, no sólo escudriñó en razonamientos panteístas y ocultistas en su acercamiento a un sentido mítico de la Poesía, sino que fundó e hizo creíble la existencia en sí mismo de diversas personalidades literarias y distintos poetas que se expresaban mediante el cuerpo de Fernando Pessoa, pero que no eran Fernando Pessoa.
Su enorme trabajo yacía en un baúl de la calle Coelho de Rocha. Sus escritos inéditos se elevan a más de tres mil hojas escritas a a mano. En el año 1954, apenas veinte años después de su muerte, Joao Gaspar Simoes publicaba Vida e Obra de Fernando Pessoa (Livraria Bertrand, SARL, Lisboa) y se levantaba la veda sobre una de las más vastas, enigmáticas e imprevista obra y vida del siglo. Su origen venía a demostrarnos, entre muchas otras aportaciones de extraordinario interés, que en la época de la revolución de las comunicaciones y del conocimiento universal, incluidos lugares centrales del mundo, existían oscuros oficinistas que tributaban el ancestral homenaje a la Poesía, empeñaban en ella su vida y la realizaban tal y como se hizo desde tiempo inmemorial, mediante el trabajo sordo pero pertinaz y obstinado en un solo crédito: si los poemas eran buenos serían publicados, sino, no.
Durante su vida (1888-1935) sólo publicó diversos artículos, poemas y cuentos en revistas de las cuales era fundador y motor - Orpheu, Athena, Contemporanea-, participó en todos los movimientos de la vanguardia lisboeta -Paulismo, Interseccionismo, Futurismo, Simbolismo, Sensacionismo, Decadentismo, Simulteanismo, Vertigismo- vieron la luz dos plaquettes y dos libros: 35 sonnets y Antinous (1918) y English poems I y English Poems II (1921 en la editorial Olisipo por él mismo fundada, todos ellos en inglés) y publicó Mensagem (1934) que obtuvo el segundo premio de propaganda nacional.
Posteriormente a su muerte acaecida el 30 de noviembre de 1935 en el Hospital de San Luis de los Franceses de Lisboa, se destaparía su impresionante legado, y en sus archivos se descubrirían las curiosas personalidades de sus heterónimos. Los heterónimos, más allá de personalidades literarias -como sí lo sería Bernardo Soares, autor del Libro del desasosiego (Seix Barral, 1984)- son personas en sí mismas, con biografía, fecha de nacimiento y muerte -aproximada-, que tienen una voz poética propia y diferenciada. Entre ellos se encuentran los prolíficos Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro do Campos. Estos tres conforman la columna vertebral de la obra pessoana, cada cual con sus naturalezas marcadamente genuinas y difícilmente caracterizables en este breve espacio. Los heterónimos se contestaban unos a otros en constante lucha dialéctica y estética, terciaban en polémicas de prensa, publicaron artículos propios y desarrollaron una obra personal e intransferible que podemos reconocer en cuanto se penetra en el mundo de Pessoa: Caeiro, el maestro, de raciocinio natural; Reis, el epicúreo, pagano a la nueva manera, vindicador de los dioses; Campos, futurista, de verso largo y moderno, compilador de onomatopeyas y poeta de la conciencia recobrada (así dice Octavio Paz acerca de Tabaquería). Un espacio dejó Fernando Pessoa para su ortónimo Fernando Pessoa, en quien se refugió tras sus crisis neurasténicas del 33.
Uno de los aspectos claves de la obra y vida de Pessoa se encuentra en la influencia que ejerció a su alrededor. No en vano, la obra citada de Joao Gaspar Simoes lleva por subtítulo Historia de una Generación. Así José Regio en la revista Presença en 1927 reclama a Fernando Pessoa como maestro de la generación modernista. Junto a él destacaron Almada Negreiros, Antonio Botto, Mario Sá Carneiro, Raúl Leal, Mario Sáa. Este aspecto ha sido plenamente salvado por la obra de Simoes, y otras posteriores, revalorizando la disposición de aquella generación de la vanguardia en Lisboa y de toda la obra del autor, recuperación de la cual Ángel Crespo ha sido en España su gran valedor.
El paisaje de Pessoa es triste y desolado -en el sentido de la soledad. Hemos dicho que Pessoa encarnó al poeta en sí, sin doblez, sin deslices, sin otra dedicación que la Poesía en sí. Estas actitudes forjaron su fracaso con Ophelia, ausentaron los viajes hacia otros faros poéticos de la modernidad -París, como Sá Carneiro donde buscó la muerte- y lo recluyeron como contable. Como un guerrero mítico dedicó su vida a un único ideal, aunque la travesía se pergeñase de dificultades, ademanes ambiguos, dudas y constante introspección que le hiciesen perder ciertos nortes políticos y artísticos. Se estableció, como se intuye en Erostratos, en un estamento por encima del momento, vinculado a una gloria y fama postrera que le consolase del silencio de su contemporaneidad. Mensagem nos habla de una historia nacionalista mística de Portugal que nunca existió pero él reinventó de manera casi esotérica, pleno de claves que nos llevan hasta los secretos de la fundación mítica de Lisboa por Ulises o los misterios de los Rosacruces -época que Simoes llama de iniciación esotérica y mesianismo político. Hay quien encuentra en su demanda de un super-camoens que revitalizase la poesía portuguesa, que retomase el quinto imperio -en sentido plenamente espiritual- una reivindicación de sí mismo y su obra, desde la lucidez de quien está realizando una tarea perdurable y última.
Sin embargo, sin esta circunstancia no habría sido, como lo es hoy en día, el poeta de Lisboa. Las pocas fotografías que de él se conservan nos lo encuadran paseando por el Chiado, tomando café con los amigos literarios en el Martinho da Arcada de la Rua Augusta, sentado en las mesas de A Brasileria de la Rua Garret. Es imagen inseparable de los cafés de Lisboa, de la conversación y la conspiración literaria contra la Lisboa pacata de principios de siglo. Aunque de formación anglosajona (no en vano se crió en Pretoria, Suráfrica) recoge toda la pesadumbre de la ciudad atlántica, sus tardes grises, las calles mojadas y hace de la saudade, esa suerte de nostalgia y melancolía intraducible: un credo y una razón de ser.

viernes, 14 de noviembre de 2008

ENTRE ESPAÑA Y MÉXICO, DE PEDRO GARFIAS

Qué hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.

Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.

España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.

Y tú, México libre, pueblo abierto
al ágil viento y a la luz del alba,
indios de clara estirpe, campesinos
con tierras, con simientes y con máquinas;
proletarios gigantes de anchas manos
que forjan el destino de la Patria;
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA, DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Amor de mis entrañas, viva muerte:
en vano espero tu palabra escrita
y pienso con la flor que se marchita
que si vivo sin mí quiero perderte.

El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior, no necesita
la miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí, rasgué mis venas,
tigre y paloma sobre tu cintura,
en duelo de mordiscos y azucenas.

Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura

domingo, 2 de noviembre de 2008

CONSEJOS, DE ANTONIO MACHADO

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.

Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa

sábado, 1 de noviembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 9: SEPTIEMBRE, MAR DE FONDO (GROUND AWELL, 1939)



Avanzan botas entre las cañas. Ha dejado atrás el bosque pequeño y desnudo. El sendero de hojarasca lleva hasta el embarcadero. Puede reflexionar las sensaciones del otoño, la media tarde, cuando empieza el sudor a enfriarse y es necesario volver a la ropa de lana. La tradición asegura que el otoño es la estación de los muertos, la melancolía, la vida que deja caer su sentido. La experiencia asegura los muertos en cualquier estación, siempre pálidos y con los ojos empequeñecidos, y ese olor podrido que desprenden inconscientemente, momentos antes. El hombre se asegura en sus tradiciones y los muertos queridos: así avanza hacia la caseta. El viejo sigue en la mecedora, se duerme con la pipa, y tras el perfil de la gorra marinera se adivina esa tierra en marejada, ese oleaje de dentro, pero siempre azul. Los lugares se hacen comunes si aparecen en la memoria, sólo la memoria tiende el lazo, o la soga en su momento para estrangular el primer recuerdo en el embarcadero. Era la juventud y los dos juntos, unidos como siempre en la lealtad al destino truncado, al borbotón de traición en la infancia. Son esos amores, o llámalos tanto conocimiento, que crecen y se enredan y se confunden desde cuándo, cómo fue aquel beso primero, o sería como los grandes descubrimientos, poco a poco, esbozo a esbozo, prototipo a prototipo. Cada vez en mayor perfección. Aún así debió estar algún día el beso primero y profundo, el beso patente como un fantasma que se esconde en la memoria. El primer recuerdo de la juventud del embarcadero eran los cuerpos, desnudos los torsos, chillones los colores de la ropa, ajustado el bañador, aquélla época. Alquilaron al viejo el balandro y pasaron los día en el mar. Y espiaba el viejo qué hacían de noche en la cabaña los jóvenes del apellido común. Las mañanas eran la visita a la ciudad, visitaban el faro, conocían perfectamente el paseo marítimo, compraban el periódico y almorzaban en terrazas, mientras se iniciaba el desnudo del otoño como los cuerpos en la cabaña. Aquel septiembre amanece ahora, se da a conocer en las huellas sobre la hierba, sobre las cañas, así quedan las huellas de la primera visita.
El segundo recuerdo del embarcadero, no ha cumplido el año. Una visita rendida, fruto de la casualidad, cuando ambos creían que ya el tiempo hizo su trabajo, que estar cerca no despertaría la intención en su carne. Y aquella figurita menuda, aquella secretaria, invitada extraña al paseo en barco, un símbolo para decir ésta es la recuperación, he reiniciado mi vida, me he levantado de los escombros, ésta es ahora mi compañía. Quizá no sabías, hermano mío, el dolor de saber tu cuerpo en otras manos, otra mano en tu timón, en el timón mío y sólo mío, hermano. El segundo recuerdo se cierra en un portazo, en un dolor agudo y el tigre de los celos. Termina en la cara de sorpresa del viejo, en el grito histérico de la secretaria -casi no recuerda dónde tendría ella su lunar- termina en un camino de vuelta entre las cañas y los juramentos.
El hombre ha vuelto al embarcadero, habla con el testigo viejo y mudo, alquila aquel pequeño barco y parte al atardecer. Una maroma señala aquella soga. Las dos luces del faro, la guirnalda de luces del paseo marítimo es sólo el horizonte. O será también el horizonte los ojos del marino bajo la visera, uno el primer recuerdo dulce, otro el segundo recuerdo amargo. Ahora para nadie, piensa mientras clava el arpón en el fondo de la barca. Para nadie un tercer recuerdo, ahora, cuando desciende su cuerpo atado al ancla y ya sólo la quilla se señala en el oleaje.

TODOS LOS CUADROS

jueves, 30 de octubre de 2008

POR UN USO ECOLÓGICO DE LA CULTURA

Consideramos que las Artes Escénicas y Musicales deberían ser protegidas en cuanto que se enmarcan en el concepto de Cultura, tal y como la define la UNESCO en la Declaración de México de 1982[1], que actualmente no tiene amparo alguno ecológico. La Ecología como ciencia indica que el mantenimiento de la biodiversidad ha provisto la base científica para expresar los objetivos del ecologismo[2] y la capacidad para expresar los problemas ambientales. Es decir, en referencia al Medio Ambiente se establecen normas de limitación del consumo, búsqueda de un equilibrio entre el aprovechamiento de recursos naturales y el coste de los mismos para el Planeta y la Humanidad, e incluso acuerdos internacionales para la lucha contra el cambio climático; sin embargo, en el ámbito de la Cultura no existe ninguna defensa ecológica.
La actual espectacularización de la sociedad[3] hace necesaria la intervención en el fomento de aquellos aspectos de la cultura que incidan en la participación libre del ciudadano, su formación crítica y su acceso al conocimiento del patrimonio cultural mundial. Este sentido ecológico de la cultura puede concebirse estableciendo un paralelismo entre la esquilmación del Medio Ambiente a través del crecimiento económico, el consumo exacerbado y sus consecuencias en un entorno, entorno que debe ser legado por una generación en mejores condiciones en las que esa misma generación lo recibió. Empleamos así una metáfora entre la comida basura y la cultura basura, plena de toxinas comerciales y que se vehiculan a través de los medios de comunicación, especialmente la televisión, y los grandes grupos de dominio económico establecidos en el Medio Cultural. El consumo cultural ecológico no sólo contempla el ocio y el espectáculo, sino que insiste en la formación del espíritu crítico y el estímulo del conocimiento.
Si establecemos controles sobre el Medio Ambiente, quizá ha llegado el momento de establecer límites en el Medio Cultural. No en el sentido de la expresión y la creación artística sino en el de la producción comercial inserta en el ámbito cultural, en virtud de la salud intelectual social, así como la protección del Medio Ambiente se centra en la salud física colectiva. Los límites se establecen a través del fomento de aquellas otras expresiones artísticas que promueven la biodiversidad cultural y la heterogeneidad. Por ejemplo, la música denominada clásica ya no se presenta como una actividad de élites, sino como una práctica abocada a un peor final, como un residuo, irreciclable, que el mercado envía al hiperespacio cultural, o bien entierra en museos sin interactividad y cuyo valor sólo reside en el prestigio, como proveniente de un pasado que hay que olvidar frente al triunfo del espectáculo comercial para el consumo. Existen pues prácticas en las Artes Escénicas y Musicales que son arrinconadas, a pesar de sus virtudes –como práctica intelectual saludable, como patrimonio de la diversidad cultural- y otras que son perjudiciales para el Medio Cultural, el cuál debería ser ecológicamente protegido.
Así como en los medios naturales se establecen intervenciones por parte de diferentes administraciones (Parques naturales, reservas de la biosfera, por ejemplo), en el ámbito cultural estas intervenciones no deben limitarse solamente a espacios patrimoniales concretos (tangibles o intangibles) como la Declaración de Patrimonio de la Humanidad, sino hacia una defensa y protección de la diversidad cultural como biodiversidad humana ante las prácticas de la industria. Las acciones de los poderes públicos limitan los intereses de empresarios de toda índole (turística, agrícola, alimentaria, industrial, inmobiliaria) en pos de un mantenimiento de la vida en unos baremos aceptables ante la degradación de la ecología planetaria. El Protocolo de Kyoto supone un ejemplo de nivel internacional, pero se asumen prácticas habituales e interiorizadas en pequeñas administraciones públicas (impulso del reciclaje, limitación de emisiones, aprovechamiento del agua…) De la misma manera se debería procurar la defensa de la biodiversidad cultural y proteger de los muy probables intereses especulativos de la Industria Cultural, la cual puede explotar el Medio Cultural en su interés a través de la homogeneización del consumo y la búsqueda del rendimiento económico puro y simple. Tal industria no debe ser ajena a una ética en defensa de la ecología de la cultura. Ni la industria, ni los pequeños artesanos, punto en el cual se encuentra gran parte de la producción cultural de nuestro entorno. De este modo, muchos de estos pequeños artesanos son los que toman conciencia de la necesidad de un comportamiento cultural ecológico, tal y como sucede con muchos pequeños agricultores, por ejemplo.
En el mismo sentido, los responsables de la Administración cultural, en todos sus niveles, deben procurar una asunción de esta ética de la diversidad cultural, frente al riesgo industrial que tiende a la uniformación de la creación y por ende a la explotación de los creadores y los trabajadores de la cultura, ya sea generando subeconomías de la cultura o creando de la cultura un valor de cambio antes que un valor social. Los poderes públicos no sólo deben establecer los límites de la protección ecológica del Medio Cultural, a través del estudio de sus programaciones conforme a criterios adecuados, sino vigilar el estricto cumplimiento de unas prácticas saludables en el propio Medio Cultural, a través del estímulo de las empresas, los profesionales y la Industria que cumplen tales objetivos. De otra manera, las Artes Escénicas y Musicales ponen en peligro su biodiversidad, incluida en ella lo que fue en el pasado y lo que puede ser en el futuro.

[1] (…) la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden.(Declaración de México, 1982, UNESCO).
[2] Entendidos los movimientos ecologistas como aquellos que abogan por la protección del medio ambiente para satisfacción de necesidades humanas no sólo económicas, sino incluyendo necesidades sociales. Así, una postura ecologista se propone reformas legales que consigan una mayor concienciación de gobiernos, entidades privadas y cualquier otro tipo de organización social, a la búsqueda de un equilibrio entre la salud del individuo, de la colectividad humana y de los ecosistemas de su entorno.
[3] El espectáculo somete a los seres humanos en la medida en que la economía los ha sometido ya totalmente. No es otra cosa que la economía que se desarrolla por sí sola. Es el reflejo de la producción material y la objetivación infiel de los productores. (Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo, Pre-textos, 1999, pg 42)

sábado, 25 de octubre de 2008

HOMBRES HOMOSEXUALES VALIENTES (HHV)

Primero fueron las pintadas.
Después gritos por el balcón.
Pero no iban por él. Dijeron.

Segundo fueron injurias leves,
gritos graves, malas maneras.
Pero no iban por él. Decían.

Tercero fue la amenaza de que te veo,
buscar un abogado, firmar papeles.
Pero no irían por él. Decíamos.

Al final, golpes en la cabeza,
hospitales, grajos en motocicleta.
Pero iban a por él. Dijimos.

Y se quedó en su casa.
Y nos callamos.

jueves, 23 de octubre de 2008

VIUDAS Y POLILLAS

Ya dijo el maestro Manuel Alcántara que lo peor para las bibliotecas de los poetas no son las polillas, sino algunas viudas…
La herencia de Alberti y El Alba del Alhelí Sociedad Mercantil

jueves, 16 de octubre de 2008

DETECTIVES EN LA GUANTERA 06: KURT WALLANDER




Hasta la aparición estelar de la pareja Lisbeth Salander-Mikael Blomqvist de la mano de Stieg Larsson, el rey de la intriga en Suecia se llamaba Kurt Wallander, personaje de abundante y variada serie de aventuras firmadas por Henning Mankell. Ambos autores, aún en ciertas distancias biográficas que luego reseñamos, tienden a un curioso paralelismo. En la misma fría Suecia ambos autores se dedican, a través de sus personajes, a despellejar la costra de sociedad reluciente y perfecta a la que los países nórdicos están abonados: herencia de la siembra de Maj Sjöwall y Per Wahlöö, pioneros en los sesenta. En aquel radiante y perfecto Estado del Bienestar llevado a su extrema expresión, un detective de la policía de Ystad, en la dulce y sureña -pero amoratada- Escania, resuelve casos escabrosos, que pueden conducir a conexiones con la inmigración ilegal, el fraude por internet, la confabulación internacional o el asesinato en grupo en apacibles e inocentes parques del incipiente verano.

Los paralelismos persisten en la azarosa peripecia del testamento de Larsson. Fallecido poco antes de la publicación de su exitosa primera novela –mal traducida en España como Los hombres que no amaban a las mujeres-, Larsson era un escritor sin los cincuenta cumplidos que llevaba adelante una revista de investigación política, emparejado sin casar con una arquitecta. Murió sin testamento en 2004, y prácticamente sin nada que testar, excepto su saga “Milenio”, protagonizada por los antedichos Blomqvist y Salander, prevista para siete entregas, cumplidas tres y dormitando una en su ordenador. Su padre y su hermano son los únicos herederos. Su mujer, la que compartió años con él, se ha quedado a dos velas y con el manuscrito –en el ordenador, dice- de la cuarta entrega. Esperen en España: como pronto, se anuncia la publicación de la segunda para otoño. En Francia, es un poner, ya conocen las tres finalizadas.

Centremos el asunto: Larsson, experto en movimientos neofascistas europeos e incluso consultado repetidas veces por la INTERPOL sobre el asunto, viaja a Etiopía a finales de la pasada década, y dicen algunos reputados periódicos que escribió entonces un testamento donde legaba todo a un sindicato comunista sueco. Stieg parece elaborar un nuevo giro de thriller desde su tumba.
He aquí una similitud, una conexión nórdico-africana: Mankell también es un habitual de África. Dirige un teatro en Mozambique. Casado con una hija del gran Bergman, es un tipo sencillo que cumple los setenta y vive en la mismísima ciudad que su inspector seis meses el año. El resto en el África meridional.

El argumento del testamento de Larsson sería un caso perfecto para Wallander, no por lo que haya que investigar, sino por sacar a la superficie la miseria moral de Occidente. A eso se dedica Mankell, a casos de asesinato que suceden en la calima de los Mundiales de Fútbol, mientras los suecos felices admiran la melena de Larsson –pero éste no es Stieg, sino Henrik, el jugador que fue del Barça-, en cualquier lugar del mundo.

Porque Mankell es un pionero de la globalización del asesinato y como en un efecto mariposa lo sucedido en una esquina de África o la sufrida Centromérica, repercute con toda su malandanza en un pueblo aparentemente feliz de la feliz Suecia.

Pero el personaje de Wallander, es un detective a la antigua usanza, al que incluso Federico Jiménez Losantos –el conspicuo- le ha sacado virtudes conforme a su puesta en solfa del Estado del Bienestar frente a los “radicales” detectives mediterráneos. La singularidad de Mankell proviene del punto de vista socialdemócrata de su reflexión, bien distinto del abiertamente comunista o pérfidamente nostálgico de las certidumbres totalitarias derrumbadas con el Muro de Berlín que exhiben los autores mediterráneos como Montalbán, Montalbano, Markaris y demás (ahí va eso, apunto).
La pifia el ínclito Losantos en que Montalbano no es un autor, pero dejémoslo pasar porque, en parte, es cierto. Sin el agradable ambiente familiar de algunos de sus colegas mediterráneos –Brunetti, Jaritos-, sin el gusto por la gastronomía y la admiración de la vida –Carvalho, Montalbano-, Wallander anda en la tristeza del hombre solo con hija adolescente, la que va a seguir su saga, necesitado de amor, de amigos, de novia y de esperanza.

Porque, a pesar de Losantos (siempre me coloca Lozanitos el corrector automático del ordenador, qué perfidia) esa reflexión sobre la socialdemocracia huérfana de Palme, conduce a la ausencia de esperanza, lo que sufre nuestro detective. Las novelas de Wallander destacan por su desesperanza total. En el idílico ambiente de su Escania subyace la mierda insepulta. De entre todas sus novelas Pisando los talones es quizá la obra maestra. Un Wallander envejecido, posiblemente enfermo, con su sorprendente, anciano y emprendedor padre recientemente fallecido –que se empeñó en ver Egipto antes de morir: siempre África- tiene que enfrentarse a la muerte de varios jóvenes y a la desaparición de uno de sus compañeros de Comisaría, cuya vida privada descubrirá en su investigación, una vez muerto. Hermosa metáfora: conocer a los cercanos cuando ya, definitivamente, no estarán.

Mankell tardó en acariciar el éxito, veinte y pico años de esfuerzo hasta que empezó a agarrar los tres pelos de la ocasión casi calva, cercano a los cincuenta. Pero ese brío, esa constancia es una recompensa para los lectores. Mantiene una literatura tan depurada, con una sencillez para forjar la dependencia del lector que nosotros, los masoquistas que nos leemos doscientas páginas de una sentada, agradecemos.

En el escenario, como los grandes detectives, un formidable elenco de secundarios: una mujer que es su superior –Suecia es, por suerte, Suecia-, compañeros de todo pelaje, asesinos de empeño gratuito en el dolor y la sordidez, descerebrados y luminosos jóvenes, inmigrantes esclavizados, y como condimento mucha mugre bajo la opulencia, a flor de piel, permítase la imagen.

Paisajes lluviosos, tardes grises, poca alegría. Pero una escritura corajuda y contundente. Mankell no traiciona la esperanza de enfrentarse a una novela con vocales en mayúscula. Un maestro. De aquellos Mankell estos Larsson. O como disfrutar lo que viene del norte.


La serie de Wallander (todos publicados en Tusquets, en rústica o bolsillo):
Asesinos sin rostro (2005), sucede en 1990.
Los perros de Riga (2005), sucede en 1991.
La leona blanca (2004), sucede en 1992.
La quinta mujer (2004), sucede en mayo de 1993.
El hombre sonriente (2005), sucede en octubre de 1993.
La falsa pista (2003), sucede en 1994.
Pisando los talones (2004), sucede en 1996.
Cortafuegos (2006), sucede en 1997.
La Pirámide (2006), recopilación de varios relatos.

Con la inclusión de Linda Wallander, su hija, como detective:
Antes de que hiele (2006), sucede en 2001.

Para más información:
Lo que dice Federico Jiménez Losantos
Librería negra
Ojos de papel
Cinco Días

Y de Stieg Larsson
Los hombres que no amaban a la mujeres (Destino, 2008, y también Círculo de Lectores, 2008)

Sobre Stieg Larsson:
La Vanguardia
El País
Ediciones Destino
Negra y criminal

Sobre el testamento de Larsson ver:
http://www.parasaber.com/ocio/libros/mundo-libro/articulo/hombres-amaban-mujeres-stieg-larsson-millennium-fenomeno/10603/
http://www.estocolmo.se/cultura08/080531-STIEG.htm

Agosto 2008, Alfonso Salazar.

martes, 14 de octubre de 2008

PEDRO GARFIAS EN EL SINAIA

Era primavera cuando uno de los poetas más viscerales de la poesía española partió al exilio. Pedro Garfias, cordobés nacido en Castilla atravesó poco antes la frontera de los Pirineos. Extrañamente olvidado en la nombrada antología de Diego que dio pie a la Generación del 27, Garfias pasó por el anarquismo en lo político y el ultraísmo en lo artístico, como tantos, que buscaban la radicalidad de la vida en la plasmación de la obra. Se retiró de la poesía en los años veinte para volver en la guerra y consiguió mientras tanto un empleo suficiente en la Córdoba familiar, pues parece ser poco podía el trabajo rutinario en su vida, pues según nos dice Giner de los Ríos, en su exilio mejicano le bastó su destreza en el dominó para sacar los pesos suficientes para su casa.

Pero aquella Primavera de 1939 Pedro Garfias, voz ineludible de Andalucía, el poeta que parió ese poema llamado Asturias que homenajeó a la revolución del 34 y el cantautor Víctor Manuel casi presenta como de su cosecha -recordemos su inicio yo soy un hombre del Sur como prueba a los indecisos-, digo, que Pedro Garfias atravesó la frontera y nos dice que “la Junquera está invadida por una multitud famélica y andrajosa que escapa del fascismo. Carruajes de todas las dimensiones y todos los tiempos. Todos queriendo escapar de la muerte”. Y él escapa también.

Y de allí pasó a los tremendos campos de refugiados de Francia donde se hacinaron los republicanos y revolucionarios españoles: Argelès-Sur-Mer, Saint Cyprien, nombres de la más ignominiosa memoria de España. Porque era España lo que perdía Pedro Garfias, un país en el sentido más extenso de su nombre, no el que enarbolaba y dejaba manco el franquismo que se extendía por la península. Dice Francisco Moreno en su prólogo a la obra completa de Garfias: "La última imagen que conservo del recuerdo de Pedro Garfias es la de un hombre acurrucado, agachado por el techo bajo de la chabola, casi permanentemente envuelto en una especie de capotón azul marino, casi sin moverse. Evocando aquel estado de postración, yo siempre he pensado que le faltaba, no sólo el vino, sino sobre todo la tierra y el aire de España”. Entender a estas alturas, en otro siglo, el sentido que a la palabra “España” podía darle un hombre de la cosecha más profunda que forjó la izquierda es difícil en los tiempos que corren. La palabra sería secuestrada por toda la jauría que se avecinaba sobre el país que paría el vino que Garfias siempre añoraría.

Con suerte, contactos a tiempo y tras vivir el hedor que tantos españoles se llevaron en su cuerpo a las tumbas improvisadas de Argelès o a los campos de concentración nazis, que con el tiempo serían también destino, Garfias alcanzó con el apoyo de comités de ayuda a la España Leal llegar a Gran Bretaña, país a quien tanto había atacado por su tibia y conjurada postura frente a la rebelión de los militares españoles. Así, dice Max Aub, que no había nada más sorprendente que Garfias en Gran Bretaña. Pérdida y destierro en el país de la traición.

Allí, saturado de exilio, conoció Garfias, cuenta Neruda, a un tabernero escocés y con él pasaba noches y noches, bebiendo juntos, llorando juntos, mirando juntos el fuego sin entender el uno lo que el otro decía. Ni falta que hacía. Le bastaba el convencimiento de entenderse y compartir.

El día 9 de mayo de 1939, Garfias abandona Inglaterra y consigue llegar hasta Sète, de donde parte el Sinaia, un barco fletado por el SERE (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles ) que parte mar por medio hacia Méjico. Y con él Juan Rejano, Ontañón… Allí, a bordo del Sinaia quedaron fuerzas para publicar una revista, y escribió el conmovedor poema Entre España y Méjico.

En Méjico, dominó, chabola, una mano a tiempo para republicar Primavera en Eaton Heastings, el libro donde el autor lo encabezó escribiendo: “Escrito en Inglaterra, durante los meses de abril y mayo de 1939, a raíz de la pérdida de España”, por no poder olvidar vino, olivos, camino y río de aguas amargas.

Ésa fue la historia: fue un martes del mes junio de 1939 hace casi setenta años, el Sinaia atracaba en el puerto de Veracruz de México. Tras 19 días de travesía quedaban dolorosas en la memoria las vicisitudes de la guerra civil la derrota republicana y revolucionaria y el deshonroso desgarro de los primeros meses del exilio en Francia. Mil setecientos españoles desembarcaban acogiéndose a la oferta del Gobierno mexicano y su Presidente Lázaro Cárdenas. Allí podrían reemprender sus vidas. Excepto para los muy ancianos, como el profesor Zolaya que lloró cuando el barco abandonó el estrecho de Gibraltar, la gran mayoría de los pasajeros entendían su exilio como un paréntesis. Pronto caería el fascismo y el régimen de Franco y volverían a España. No podían saber que aquel barco, el Sinaia, sería el símbolo de un exilio que se alargó durante casi cuarenta años.

Definitivamente, Pedro Garfias fue un vencido de la vida, en el sentido quijotesco y en plena interpretación de León Felipe, quien le buscó cobijo en Méjico. Pedro Garfias, nacido en Salamanca, pero criado en Córdoba la llana, fue un vencido de la vida familiar, huérfano de madre y con hermanos que murieron jóvenes, un vencido de la profesión pues nunca se adaptó a los empleos estables y un vencido del ideario político, pues aquella causa de la España libre del 36 sucumbió y lo envió al exilio mejicano a bordo de aquel barco fletado para conducir a los españoles vencidos a la separación del cuerpo y las almas.
Finalmente, marginado. En su propia generación (excepto por aquel otro acreedor: Juan Rejano), en el amor que si matrimonio fracasado, si amores no correspondidos y vencido definitivamente en el propio aspecto físico, la salud enfermiza, la propensión al alcohol. Pero seguro que aún pueden recordar en las sombras eternas de las cantinas de Méjico distrito federal, quien sabe si servido por un tabernero escocés, la enorme figura de Pedro Garfias, casi tuerto de un ojo, sentado frente a un fuego que recuerda la blanca Andalucía, garabateando un verso en una servilleta.

HA FALLECIDO RAMIRO FONTE

Fallece con 51 años el poeta Ramiro Fonte, El País
El poeta coruñés Ramiro Fonte muere de cáncer… La Opinión de La Coruña
Ramiro Fonte, poeta gallego por Suso del Toro en El País

sábado, 11 de octubre de 2008

EL POETA RECUERDA ALGÚN LUGAR DEL SUR, DE RAMIRO FONTE

Si dejasen los dioses
hurtar algún lugar entre el que duerme
del lado de esos días que dimos, impacientes,
al calendario gris de los olvidos
para vivir en desamparo
de la memoria y de la vida,
diría que es allí, en un pequeño patio
donde crecen de noche los naranjos,
y prende en un gran aire
aroma de azahar, a donde quiero
volver para sentirme
el más feliz de los grandes viajeros.
Digo quizás porque este viento norte
pone excesiva luz en la ciudad,
en este mar brumoso,
en esta tierra nuestra que nos duele
como sus hombres viejos.

Si dejasen los dioses
soñar allí contigo, partiría.

(De Adiós Norte, Renacimiento, 1992, traducción de X. Rodríguez Baixeras)

viernes, 10 de octubre de 2008

TABACARIA (FRAGMENTO), DE FERNANDO PESSOA

Pero el dueño del estanco llegó a la puerta y se quedó a la puerta.
Ojo con el desaliento de la cabeza mal vuelta
y con el desconsuelo del alma mal-entendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá el letrero también, y los versos también.
Después de cierto tiempo morirá la calle donde estuvo el letrero.
Y la lengua en que fueron escritos estos versos.
Morirá después el planeta que gira en que todo esto sucedió.
En otros satélites, de otros sistemas, cualquier cosa como gente
continuará haciendo cosas como versos,
viviendo por debajo de cosas como letreros,
siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.

Pero un hombre entró en el estanco (¿a comprar tabaco?)
,y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo casi enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar malhumorado.
Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Trad. Alfonso Salazar)

EL AÑO DE HOPPER, 8: AGOSTO, EN LA CIUDAD (AUGUST IN THE CITY, 1945)



Eran ciudades sin costa, calles de olor seco en verano, asfixiante, y la única humedad se manifestaba en nuestro cuerpo, cuando volvíamos tras recorrer kilómetros en bicicleta, subir y bajar cuestas interminables. Entrábamos corriendo en casa -él siempre más ágil- para adueñarnos de los litros de leche y zumos de la nevera, para tirar la camiseta sudada al suelo de la cocina y reclamar pedazos de pan y chocolate.
Nuestra casa lindaba con el parque y aprovechábamos a veces la tarde bajo los tilos, o contradecíamos órdenes y nos sumergíamos en el río sucio, siempre con el peligro del tifus en los oídos. Aparecía entonces el viaje guarda tras el bastón y éramos ardillas escalando árboles, tirando bellotas al tosco sombrero marrón que nos esperaba abajo. Otro chapuzón, otro niño proscrito desviaba la atención del guarda que emprendía la otra carrera, bastonazos y pasos hacia otra sombra escurridiza del parque. Los años y las fuerzas, dejaban el juego en tres persecuciones, y el viejo volvía a la pequeña garita, o se sentaba en el taburete del quiosco y pedía cerveza. Nosotros, presas sin juego, acechábamos desde lejos y contábamos las horas necesarias para la recuperación del viejo corazón acelerado del guarda. Podía pagarse nuestra crueldad con un tirón de orejas en el descuido, si caminábamos despistados diferenciando piedras blancas y negras, buscando formas en el barro seco junto al estanque. Y la consecuencia era la denuncia ante tus padres, el sermón del viejo, la amenaza del tifus -que suponíamos era un animal que buceaba el río- y dos o tres tardes de agosto mirando desde la ventana correr la vetusta figura del guarda, los compañeros encaramados a los árboles y siempre el descanso en el quiosco. Mi hermano y yo, gozábamos de gran ventaja. Exactos nuestros rostros, el viejo no acertaba a distinguirnos. Si alguno resultaba sorprendido, denunciaba al otro, imploraba perdón, juraba que la víctima del tifus era el otro. Daba igual qué nombre diéramos. El viejo jamás identificaría nuestros lunares simétricos. Así nos dejaba marchar una de cada dos y nos regocijábamos en el engaño.
Pero aquel verano fue distinto. Quizá por el acoso y derribo de las carreras, por los litros de cerveza del quiosco, quizá por que le mordió el tifus, el guardia viejo desapareció un invierno. El sustituto era el bandido de cada película, el más atroz enemigo, rápido en la carrera, capaz de trepar a los árboles para alcanzarnos, brutal en el tirón de orejas que nos marcaba con un pitido irresistible. Llegamos a identificar a aquel guarda joven con el terrible tifus que dominaba el río, como si el tifus hubiese abandonado las aguas y se arrastrase ahora como un lagarto por todo el parque. Nos acorralaba en el momento que pensábamos ganada la huida, cuando a punto estábamos de alcanzar la rama salvadora, la guarida última. Era nuestra pesadilla. Todo enemigo terrible nos sorprende continuamente: el guarda joven aprendió pronto a distinguir nuestros lunares simétricos, identificó cada lunar con un nombre, con el más mínimo detalle que mi hermano y yo hubiésemos olvidado. Siempre intentábamos vestir igual, despistar así el halcón del parque. Pero quizá el gesto, un acento, el dedo escarbando más en la nariz -como hacía él- una forma de mirar atrás, nos delataba. Y éramos víctimas diferenciables.
Soñábamos con él y su muerte, espiábamos sus movimientos, ideábamos maneras para deshacernos de él, envenenar la cerveza que no bebía, asesinarlo por la espalda. Pero lo veíamos marchar tranquilo todas las tardes en su motocicleta cuando no podríamos ya perseguirlo, sabiendo que al día siguiente volvería para ocupar nuestra inventiva. Nadar en el río y desafiar al tifus ya no tenía sentido alguno, el tifus se había adueñado de nuestro territorio y en él nos declaraba la guerra. Por eso nos extrañó no encontrarlo aquella tarde en el parque. Preguntamos en el quiosco y no sabían nada. Desesperados por no poder cometer un atentado más, volvimos más temprano que de costumbre a casa. Cuando vimos la moto del guarda cerca de nuestra puerta nos echamos a temblar. Mi hermano y yo nos dimos la mano. Estábamos perdidos, quizá el guarda contaba a nuestro padre todos nuestros planes de asesinato frustrado. Respiramos más tranquilos cuando no estaba el coche de papá en los alrededores. Subimos las escaleras esperando ver al guarda denunciarnos ante nuestra madre. Pero no nos denunciaba: cuando entreabrimos la puerta vimos el cuerpo desnudo del enemigo sobre el cuerpo desnudo de ella.
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miércoles, 8 de octubre de 2008

LOS GÉNEROS DEL DOLOR Y EL ABANDONO: 03, TATUAJE, TANGO PORTUARIO

Según el profesor Juan Carlos Rodríguez, Tatuaje figura entre los mejores tangos de la historia. Y no es un simple juego de ideas. Tatuaje se circunscribe a la tónica de la historia contada, tratada y desenvuelta, como si se cantase un tango. Cumple todos los requisitos. No sólo por cierto resabio a bandoneón, evocador de los acordeones portuarios y en las camisetas a rayas marineras. La historia de la tabernera de puerto enamorada del marinero nos traslada a una Madama Butterfly occidental cautiva ante el marinero anglosajón, o nórdico, que no le promete amor eterno, sino que muy al contrario, le confiesa la existencia de un amor perpetuo, grabado en la piel. Nos trasladará ese nombre tatuado del dengue a la sequedad de la sordidez.
Pero al contrario que en tantas coplas no existe el despecho. La tabernera se envenena, y como en un juego de espejos, se metamorfosea y se convierte en protagonista de una historia calcada íntegramente a la de aquel que le cautivó y la condujo a tal situación. Será ella quien deambule por los puertos buscando aquel amor, tatuado ahora en su piel. Como una ronda, como un contagio constante, la mordedura del vampiro, ella cuenta por las barras su desesperación y desconsuelo, proponiendo una reinvención, una continuación del ciclo. La voz femenina cuenta el pasado sufrido ajeno y el presente sufriente propio en idénticos pasajes. He aquí donde el nombre, ese nombre desconocido, secreto, mágico como un conjuro, es la ligazón que denota la dolencia. Es el propio nombre el que daña y quema hasta quedar grabado a sangre, junto al corazón.
La presencia del nombre es el elemento imprescindible de Tatuaje y queda avisado en la primera referencia al nombre extranjero de un barco que lleva a un marino hasta la barra de una taberna donde se inicia el calvario bífido de la copla. Si fuese un tango, el puerto sería el Río de la Plata, donde atracan continuos barcos europeos, donde un alemán abandona un bandoneón, unos marineros finlandeses se llevan para siempre a su país unas partituras y una tabernera puede allí lidiar con hombretones altos y fuertes que se derrumban ante los amores perdidos y abandonados en otros puertos. Pero esa liviandad que el tango perfora en los personajes femeninos no aparece. Ese irreversible destino de herir al macho está ausente. Ni una Ivette loca, ni una Margot deslumbrada por las riquezas aparentes, ni la que hizo perder la cabeza, la juventud, los amigos… Es el marino quien va arrastrado por un destino, por la fatalidad y la fidelidad del nombre grabado. Es la mujer la que sin error es infectada. Sin voluntad, o contra ella. De ser un tango sería un tabernero rudo pero enamorado y una marinera rubia fumando en pipa, como las soñase Dalí. Pero no. El tabernero habría tomado el rumbo del convicto de cabeza gacha, sin un desplante al cielo para limpiarse las narices en las estrellas, como pregonaba Brel. La marinera nos habría aparecido indemne, sometida al destino fatal e irreversible del amor cautivo.
El paso subterráneo de la copla al tango reside en el ciclo. No en los roles de género, que se hallan trastocados. Está en el juego de espejos, en la repetición estrófica de la misma historia, en el contagio y el veneno. En la fatalidad de un mismo destino ante el que sucumben ambos personajes. Y al fondo, el nombre grabado, un nombre que no puede ser el mismo, como se empeñan en apuntar los adjetivos posesivos, pero que ataca al mismo lugar: el centro del corazón.

viernes, 3 de octubre de 2008

PONEDME A ESCOGER

Me salto los horarios, amigos míos,
hijos míos, tú,
que os levantáis a las ocho
todas las mañanas.

Y esa gota de sangre de pato en el calendario.
Rara, sí, pero gota en un sueño
de otro sueño.

Porque nadie dijo que sí y todos hacemos que vale.
Como las grandes cosas del mundo: la Empresa,
la Administración, la Explotación,
la Prensa, el Desayuno, la Oficina,
el Hospital, el Ejército, la Necesidad,
los sueños partidos a mitad de la mañana.

A las ocho duermen los camareros
y a las ocho despiertan los funcionarios.
Unos sirven malagua con hielo
y otros devoluciones de IRPF.

Ponedme a escoger.

miércoles, 1 de octubre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 7: JULIO, ATARDECERES (SUNLIGHT ON BROWNSTONES, 1956)



Los puedo imaginar juntos ahora que conozco los detalles. Los imagino mirando este horizonte, las escarpadas montañas, desde el porche de una casa de campo. Ella se sienta en la baranda y él fuma en el quicio. No hay atardecer más bello, y en la memoria se cierne, como un recuerdo maniatado, ya atado, ya hundido: como el olor del cabello tras la ducha fría. Ella acaricia la madera, pierde ahora la mirada entre los árboles y señala los murciélagos que empiezan a aparecer, los trasnochadores que conocen a qué distancia están sus cuerpos, cuánto queda entre ellos, cuánto por delante de ellos. Quizás el bosque vespertino los retiene, hasta el momento de la colilla mordiendo el suelo obligada por la suela. Parece que es la hora. La toma de la mano y le felicita julio, susurra en su oído, mide su cintura.
- Hoy hace dos meses -dice él.
Rebusca en el bolsillo la caja, se la muestra, sonríe, acaso le promete amor eterno, a cambio del silencio sobre el pasado, no nombrar aquello que te dije, iluminar así la noche que nos viene, sernos únicos, todo a la vez. Este anillo nos señala, nos circunda, nunca escapes a los círculos de mi abrazo.
Los imagino subiendo estas mismas escaleras, y tras de sí el atardecer que ahora mismo admiro. Ella murmura algo acerca de la felicidad, o las fronteras y las formas de la felicidad, sus secretos, la propensión escapista de la alegría, en lucha tremenda con la cerrazón del anillo en su dedo.
Lo llevaré para que lo ensanchen, no te preocupes -él habla mientras el anillo vuelve al algodón. Una sonrisa deshace el frío del anillo, el hierro del círculo- Es demasiado estrecho, lo arreglarán. Hay otros anillos, los que se sienten.
Ella siente el anillo en los brazos que le cercan ya en la habitación, en los abrazos desnudos que desabrochan la cremallera. Él se hace anillo y ella a su vez, concéntrica, interminable espiral de anillos cerrados y consecutivos.
- No hace el calor que esperábamos -susurra ella bajo la sábana.
Se esmeran los cuerpos en el suave frotamiento, investigan todos lo resortes, fuerzan el mecanismo necesario para cerrar el círculo, sumergirse en la espiral, carne con carne y que un momento todo se haga eterno, que suban y bajen por el muelle de los anillos, pierdan la conciencia, se derramen los líquidos. Las manos tientan, esperan el preciso instante las curvas, se acomoda un cuerpo en otro, se besan las bocas y hacen florituras los dedos. Es preciso el endurecimiento para cerrar el anillo.
- No es preciso -murmura ella.
Es preciso para sellar dos meses, para cerrar dos meses. Pero así como no hubo anillo en el dedo, no existe en el atardecer un dedo para el anillo.

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CONSTRUCCIÓN DE UNA CASA

Primero fue echar abajo el techo
para construir nuestro suelo al sol.
Ahí, con toda la casa descapotable
miramos el cielo: dijimos que era nuestro.

Después distribuimos: la escalera aquí,
allí la habitación de los niños,
pon en un rincón la confianza,
en otro el cariño, como pelusa,
que siempre hace falta.

Más allá, que levanten los albañiles
un tabique, por prudencia,
otro por un santo, aquel por necesidad.

Faltaron enchufes, como la misma vida
-pasa con autónomos en familia.
Y dijiste: tiren tuberías allí y acá,
como fuegos artificiales,
porque nuestra forma de ser
necesita de darros que sonrían,
qué le vamos a hacer.

Pero en esta pared, pared, pared
poned un sueño dibujado,
sin luz de gas,
porque somos somos en toda la casa.

domingo, 28 de septiembre de 2008

SUITE FRANCESA, GLORIA Y PESTE HUMANA

La novela difiere poco de la realidad. La buena novela, claro. Incluso aunque esa realidad sea un mundo que no existe. Tiene la buena novela la capacidad de transmitir que ese mundo es creíble, y por tanto, una realidad más que posible. Sin embargo, a veces, la realidad impone una crudeza que la novela no alcanza. Sobre todo cuando se entrelazan en un abrazo mortal. Es el caso de Suite francesa, (Salamandra, 2005) de la ucraniana Irène Némirovsky.

La autora que, llegado el año 1939, gozaba de una popularidad creciente en la Francia de entreguerras -el país que la acogió tras abandonar Rusia su familia en una relativa penuria causada por las incautaciones de la Revolución de Octubre-, era judía y apátrida. Y casada con otro judío ruso –Mijaíl, Michel, Misha Epstein- en 1926. Así pues, tenían todos los abominables números para que la barbarie nazi de los años 40 les afectase de lleno. Y sucedió. Suite Francesa recorre aquella estampida de junio de 1940 cuando los parisinos tomaron las carreteras camino de las provincias huyendo del ejército alemán, tras la Batalla de Francia. Los Némirovsky, ya con dos hijas de corta edad, también tomaron ese rumbo, hacia el sur, atravesando la línea de demarcación, intentando alcanzar una quimérica zona libre en la Borgoña, bajo el dominio perverso del Gobierno colaboracionista de Vichy. Se cruzaron con los despojos del Ejército Francés y con el paso triunfal de las columnas germanas. Fue entonces cuando Irène Némirovsky, treinta y siete años, comenzó a escribir Suite Francesa, cuya primera parte Tempestad en Junio, es un impresionante fresco de la atropellada marcha en fuga, de las columnas de refugiados, cuando no era la primera vez, ni sería la última, en que los ejércitos feroces hacían temblar a las poblaciones que, como corderos en sacrificio, abandonaban los corrales urbanos.

La escritora, con una deslumbrante fuerza crea una sucesión de pequeñas historias entrelazadas donde veremos los perfiles casi caricaturescos de los burgueses, los trabajadores de cuello blanco, los de cuello azul, los aristócratas, los artistas con ínfulas, los campesinos, envueltos en la misma miseria: el hambre y la mentira, la podredumbre y la derrota. La referencia inmediata era la Primera Guerra, donde se produjeron escenas que en aquel verano de 1940 ofrecían la sensación del déjà vu. Irène Némirovsky no vería el final de aquello, el final de la historia que conocemos: la derrota del ejército nazi y el desvelo de la barbaridad. Ni siquiera pudo ver la total ocupación de Francia, en noviembre de 1942, que dejó la virtualidad de la zona libre en la realidad de la zona totalmente invadida.

Gracias a la edición realizada por Denise Epstein, su hija, conocemos la génesis trabada por su madre a la hora de afrontar Suite Francesa, que esperaba crear al modo de una sinfonía, con multitud de instrumentos-personajes-historia, con ritmos trepidantes y momentos otorgados a la dulzura, la dureza y la reflexión. Tras el sin vivir de Tempestad en junio, con un trazo magistral de personajes y situaciones -que a veces conducen a situaciones cómicas delineadas con amarga sonrisa-, Dolce, la segunda parte de la novela, se muestra como un adagietto sereno. Por supuesto, en la mejor tradición de la gran novela del XX, donde se transfiguran los recurrentes escenarios urbanos en la calma chicha de los pueblos franceses, con oficiales de la Wehrmacht alojados en las mansiones de campo, conviviendo con campesinas que esperan a sus maridos, que prisioneros en campos alemanes o trabajadores por obligación para el Reich; señoronas burguesas confabuladas con las mesas petitorias, la connivencia de Pétain y la obligada manutención de la moral del vencido; alcaldes rastreros encumbrados por acompañar a los mandos alemanes en las cacerías; grandes propietarios temerosos, preocupados por engrosar las alacenas de mantequilla fresca, grano en los silos, salchichones en las despensas; paisanos a un pasito de la resistencia; soldados ocupantes, jóvenes, algunos hermosos, otros rechonchos, pero al fin y al cabo hombres en una tierra sin casi hombres, que encandilan a las muchachas; oficiales con buenas maneras, esmerada educación en el rostro frío, los ojos claros, con una mujer que espera en la casa feliz de Alemania y un tenebroso objetivo que cumplir.

Irène Némirovsky no trabaja sobre textos de contemporaneidad, un acopio de hechos contrastados, como un periodista. Penetra en el alma humana, en el conflicto de la individualidad y lo colectivo. La hallamos escribiendo en las tardes de verano –eso nos cuentan sus notas-, a la sombra de un árbol, junto a un río. Rodeada de la expresión de la miseria –una miseria que no acertaría a prever en toda su asfixiante y tremenda realidad y que viviría por sí misma-, de la tristeza, de la incertidumbre sobre su propio futuro como escritora, judía y apátrida. Aunque mantuvo gestos, como la conversión al cristianismo y una probada militancia antibolchevique, que no la salvarían del espeluznante final en las tumbas de Auschwitz. Pero allí, en el idílico paisaje borgoñés, deshilachó toda la podredumbre que sus ojos acababan de ver y que su experiencia había conseguido reconocer.

Sus notas, esas que reflexionan sobre el devenir de su novela y que intituló “sobre la situación de Francia”, se interrumpen el 11 de julio de 1942. Comienza entonces la otra novela, esa que fue cruelmente real, la que le condujo al campo de Pithiviers y desde allí el largo viaje hasta Auschwitz-Birkenau. Su marido movió todos sus precarios contactos para poder recuperarla, retornarla a Francia, e incluso propuso intercambiarse por ella. La respuesta del Gobierno francés fue entregarlo a él mismo a los alemanes. Irène moriría en agosto del mismo año 1942, posiblemente el asma crónico ayudó a hacer más difícil ese precario mes de vida última. Michel fue ejecutado en el mismo lugar tres meses más tarde. Incluso sus dos hijas pequeñas fueron perseguidas en la propia Francia, siendo francesas pero judías, y salvaron la vida con fortuna y desvelos de amigos cercanos a la familia.

La Segunda Guerra Mundial y la crueldad nazi nos dieron y nos quitaron mucho. Nos dieron la fotografía imperturbable de la brutalidad humana, el tanatorio de los horrores de las campos de concentración y la constatación de que nunca jamás volveríamos a ser inocentes. Nos quitó vidas, purgó con maldad colectivos, nacionalidades y etnias. Genocidio. Y en ese mar de pérdidas arrebató también el lúcido cuadro que Irène Némirovsky estaba a punto de dibujar. Pudo cubrir el lienzo, enhebrar los primeros trazos en la ignorancia del devenir, que ahora todos conocemos. Y ahí radica uno de los grandes méritos de esta media novela, su desconocimiento del futuro, del atroz desenlace. Todo lo que la hace más vívida, gloriosa y pestilentemente humana.

Vínculos
El cuchitril literario
Artículo de elmundo.es
Artículo de elpais.com
leergratis.com
Wikipedia Francia Irène Némirovsky
Wikipedia Francia Suite Française
Premio Renaudot para Suite Francesa, elpais.com.

viernes, 26 de septiembre de 2008

EL AÑO DE HOPPER, 06: JUNIO, TRASNOCHADORES (PRETTY PENNY, 1939 Y NIGHTHAWKS, 1942)






Pero esta imagen no estaba en la sucesión de la historia. Era la única convicción que arrastraba en la noche. Durante años creí que la noche era tan voluble como yo, y con el tiempo supe que nadie debe vencer a su enemigo, que las retiradas a tiempo son derrotas, que los príncipes de la noche también tienen cuarteles de invierno, días de descanso entresemana, territorios incontrolables, víctimas, compañeros y extrañas formas del amor. Estaba la convicción en el estómago, serían maneras hepáticas de decir adiós para siempre. Yo debía estar en una gran casa, luminosa, a plena luz de la mañana de junio, atravesar una verja, pisar el césped, encontrar a quien busco -en pantalones deportivos, con una raqueta en la mano, con una sonrisa feliz y una mala noticia por mi parte. Pero yo estaba en una calle sorda, en el desasosiego nocturno. Yo introducía en el devenir de las cosas una imagen de un bar que encontré en un bar, y la calle estaba sola a esas horas. Esperaba que allí en la barra, los personajes recordasen algo que no les pertenecía, que nada tuvo que ver en sus vidas. La casualidad los puso lejos del engarce de las situaciones, y cerca del sentido de mi imaginación.
Los trasnochadores estaban tan relajados como de costumbre y bajo ellos una acumulación de tabaco y fotografías antiguas, calendarios, provocaciones, bocetos, taburetes fijos y servilleteros. Todo estaba a través del cristal. No puedo aún explicar cómo llegué hasta allí. Sólo puedo hablar del bar y la calle oscura. Lo cierto es que traspasé el cristal y las caras eran conocidas después de tanta mirada fija durante tanto tiempo. Pedí café como los demás y comentamos, el camarero y yo, el clima extraño que nos trajo junio. Nadie podía confiar en mí. Reconozco sus facciones precisas y los colores vivos, la mujer atractiva y el camarero lavando vasos. Y aquel tipo a quién no conseguía ver el rostro, aquel que me evitaba. Luego supe que ya conocía su cara, pues era igual a la de ciertos muertos que pude conocer. Todo el relato está roto, porque siempre aparece de espaldas aquel a quien busco. Cuando el hombre y la mujer rubia iniciaron con el barman otra conversación sobre los yankees, el tipo que yo buscaba hundió su barbilla y quedó excluido para siempre de la charla. Si al menos hubiese reconocido su voz, el año habría terminado en ese momento. Fue entonces cuando la imagen quedó perdurable, con la sensación de quietud de los museos y los cuadros, abandoné a través del ventanal aquel café. Estaba de nuevo al inicio de la investigación. Definitivamente, no debí salir de las historias prefijadas, de aquello que debió suceder: la visita a la enorme casa luminosa del hombre sin rostro, o con el mismo rostro de los muertos que a veces acierto a recordar. Pero aquella salida de tono, aquella visita otra me llevó a la convicción que corresponde a los noctámbulos. La solución debió estar allí, como diciendo adiós desde el hígado.

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DETECTIVES EN LA GUANTERA (EXTRA 1): NOVELA NEGRA MEDITERRÁNEA

Charla realizada por Alfonso Salazar en el encuentro Homenaje a la Novela Negra, Mesa redonda ¿Hay una novela negra mediterránea?, Atenas, Instituto Francés, 31 de mayo 2006



El sencillo planteamiento del título de esta charla parece una contradicción: negro y Mediterráneo. Generalmente se asocia el Mediterráneo a la luz, al color, a los cielos claros y azules. Pero Chester Himes murió en Benisssa, Valencia, mirando el Mediterráneo. Tan negro como su literatura, aquel de quien Jean Giono dijo que cambiaba todo Hemingway, Dos Passos y Fitzgerald a cambio de Chester Himes, era la esencia de la novela negra, el perfil último de los bajos fondos preñados para la literatura. En ese escenario surge la novela negra, Nueva Cork, Chicago, años 20, cine negro. Denominaciones con origen francés. Blanco y negro, inseparables del rostro de Humphrey Bogart predestinado a ser Marlowe. Iconos que se levantaron desde los cimientos de entreguerras de Hollywood.

Vinieron esos benditos lodos de la novela policial, donde se cultivaron los jardines de Poe, Conan Doyle y Ágatha Christie. En esos barros afloraron Hammet, Chandler y el mismísimo Himes. Decía Chandler que el tránsito de la novela policíaca tradicional a la novela negra ocurre cuando el crimen se aleja de los jarrones venecianos (ojo, de marca mediterránea, pregúntenle a Donna Leon o Brunetti) y es arrojado al callejón de mala muerte de las grandes ciudades. Eso fue así durante años del siglo XX. El adjetivo “negro” es un rizo editorial. En EEUU desconocen el término.

Esa es quizá la primera piedra a derivar sobre Novela Negra y Mediterráneo. Fruto del Grand Tour, aquellos viajes iniciáticos de los jóvenes cachorros de la alta burguesía angloamericana por las románticas ruinas italianas, egipcias y griegas, que fueron moda durante el siglo XIX. Muerte en el Nilo utilizó esta ubicación, donde nunca llegamos a saber qué resulta más exótico, si el paisaje de las Pirámides o un detective belga. Con la salvedad que traza el uso de la Historia en la novela negra (larga discusión podría aquí abrirse que los secretos esotéricos, como herramienta, siempre enturbian), muchos escritores se sintieron atraídos por el Mediterráneo como turistas ocasionales o como residentes enamorados del paisaje, las gentes y la buena vida. El icono que hoy en día puede ser el Caribe lo era el Mediterráneo, centro de pasiones, mitos del turismo. Como lo fue la Costa Azul en Simenon, quien realizó su grand tour en 1934.

>Pero el mejor ejemplo de uso de la escenografía mediterránea lo haría Eric Ambler en La máscara de Dimitrios, considerada la novela fundacional del thriller. Su influencia en autores como John Le Carré o Frederick  Forsyth es patente. Pero la riqueza de Eric Ambler es difícil de igualar. El descubrimiento del cuerpo muerto de un hombre (Dimitiros) conduce por un terrible recorrido por la Europa de entreguerras, que recuerda al teatro diseñado por Boris Akunin para su Gambito Turco del inefable Fandorin, salvadas sean las distancias históricas.

>Aparte de la escenografía, podemos contar con consumados actores mediterráneos envueltos en turbios asuntos. Personajes, la mayoría de las veces paridos por anglosajones: así son pioneros en el devenir histórico el Marco Didio Falco de Lindsey Davies y  Gordiano el sabueso de Steven Taylor en la Roma de hace dos mil años.

La novela negra mediterránea, objeto de este encuentro, ¿podría centrarse en la muestra de una “forma de ser”?. Sabemos que hay que transitar con mucho cuidado por esos términos en el resbaladizo sistema antropológico y cultural. No hay siempre Historia común de mediterráneos, ni religión, ni idioma, siquiera un mar común, una enorme plaza acuática, una dieta semejante que prefiere los sabores con carácter, el aceite, el vino y las brasas a la manteca, la cerveza y las cocciones. El Mediterráneo es un espacio histórico de lucha, masacre, miedo, hostilidad y explotación –aún en nuestros días. La antropología –cuyo objeto es la cultura- con Kroeber, Mead y Benedict a la cabeza, ha dicho mucho sobre la personalidad de “los pueblos”. Incluso ha trazado estudios bufonescos, como aquel de Gorer en que se empeñó en relacionar el adiestramiento de los japoneses en los hábitos de limpieza con brutalidad y sadismo durante la Segunda Guerra Mundial o cómo el uso de fajas en los bebés rusos del XIX provoca la propensión revolucionaria en el siglo XX. Deberíamos investigar quién pagó y encargó aquel estudio. El psicoanálisis de las culturas es un precipicio sin baranda.

Pero sí podemos hablar del mito mediterráneo, su iconografía trascendente. No es asunto vano que Highsmith busque ubicar personajes en el Mediterráneo: lugar de placeres, exotismo para gentes del norte, sol, alegría de vivir, anuncios de agencias de viajes. Un entorno ideal para que los viajeros adinerados, protagonistas de sus novelas, dieran rienda suelta a su depravación: culpa, mentira y crimen.

El cine de Hollywood, ese que encumbró el rostro de Marlowe en el afilado perfil de Bogart, es un referente de identificación. En las imágenes subsiste el mito. ¿Existen referentes suficientes en el cine europeo para la novela mediterránea? Hay excepciones como A pleno sol de Climent de la antedicha Highsmith. Pero en general, resulta un fraude (aunque hay tantos gustos como dominios de Internet). Baste una breve referencia a Vázquez Montalbán, que tras la aplicación de algunas de sus novelas a una serie de televisión, mató al director Aristiráin en una de sus novelas, como venganza. Montalbán quería a Philippe Noiret como Carvalho y a Anna Galiena como Charo. Claro, que también Chandler quería a Cary Grant para Marlowe... Pero la conclusión es que, por el momento, no ha habido ningún halcón maltés en el cine mediterráneo, a pesar del adjetivo.

Entrando en faena, hay tres aspectos que me interesan acerca del planteamiento de este seminario y que se suelen plantear como aspectos propios de la novela negra mediterránea: el social, la atención al placer de los sentidos y una dicotomía barrio urbano-entorno rural.

Predomina una suerte de serial de muchas novelas negras realizadas en el Mediterráneo. Como los grandes folletines que se nutrieron de una sucesión de casos (los grandes narradores del siglo XIX, las novelas por entregas, los pulp, las novela de kiosco que se cambiaban…), el entorno social y la preocupación por reflejar la injusticia –más que la realidad norteamericana de exposición de la podredumbre- se plantea como marca de la casa mediterránea. Podemos comprobarlo, por poner dos joyas fuera de series detectivescas, en El crimen del Cine Oriente de Tomeo o en Tarántula de Jonquet.

Muchas novelas negras mediterráneas se desarrollan en ambientes casi rurales (por ejemplo en la Vigatá de Camilleri), y cuando sucede en ciudades (la Atenas de Markáris, la Jerusalén de Batya Gur) la presencia de los barrios es capital. Pero son barrios que podrían estar en el Mediterráneo, y con poco maquillaje, en cualquier lugar del mundo. El hard boiled estadounidense se centra en los corazones decrépitos de las grandes ciudades, la vida bajo los puentes de los scalextric –pero también pueden ser los cayos de Florida, o el bullicio de Nueva Orleans-.

El ejemplo rural en la novela negra española se inicia con el Plinio de García Pavón, maltrecho en los anales por su vinculación a la derecha –a la época de la peor derecha española, los años del franquismo-. Pero no hay que remontarse tan atrás, los escenarios rurales son también abono para Bevilacqua y Chamorro, los guardia civiles de Lorenzo Silva. Esos ambientes, propensos a la tragicomedia negra, tienen algo de realismo mágico, de asesinos chapuceros, más en ristra que en serie, poniendo algo dulce al cóctel del mal trago.

Se dice que los criminales de las novelas mediterráneas se mueven por algo más que herencias, ajustes de cuentas o intereses económicos muestran la sociedad irrespirable de Mankell y el dúo Sjöwall-Wahlöö. Se mueven por pasiones oscuras y lealtades embrolladas. Cada cual escribe de lo que conoce: la influencia de los entornos sociales determinan argumentos, ambientes. El escritor mediterráneo que escribe en el escenario mediterráneo recurre a la predominancia social, a sus aspectos principales. Irremediablamente, el entorno de familia extensa, de amistades, de vida en la calle y el bar aflora en la novela que toma esta referencia social.

Entre los placeres que se destacan en la novela negra mediterránea está la gastronomía. Carvalho disfruta de su propia capacidad culinaria, Montalbano de la trattoria de Calogero, Jaritos del arte de Adrianí, Brunetti (aunque de madre literaria americana) de la sorpresiva capacidad de Paola. Los asesinos mediterráneos –que hasta pueden disfrutar de la gastronomía- parecen ser apasionados, menos psicóticos y perversos que brazos ejecutores de tradiciones y creencias. El origen está más en el adjetivo carvalliano que en el adjetivo mediterráneo. En el Mediterráneo también se puede comer mal, como hace el Méndez de González Ledesma. La realidad, que todo lo pisa, ha introducido –y cada vez con mayor presencia- los negocios inmobiliarios, el fútbol, la corrupción política, la inmigración, convirtiendo muchas novelas negras en la voz de su tiempo, práctica dickensiana. Pero podríamos contemplar un no sé qué poético y sentimental –tan presente en la obra de Izzo-, con algo más de fatum que de maldad en algunas de las novelas agrupadas bajo el aroma del mediterráneo.

“En España no podía haber novelas policíacas porque sólo había torturadores”. Lo dice el catedrático de la Universidad de Granada Juan Carlos Rodríguez. Existe un toque sociopolítico de izquierdas –o descreídos, hastiados, cínico, nihilistas, desencantados- en muchos detectives mediterráneos. Los detectives reestablecen el orden, pero ese orden puede ser un orden conservador (como el de Conan Doyle o Christie) o un orden democrático formal. En España, Plinio era un jefe de la guardia municipal del Ayuntamiento de Tomelloso, una pequeña ciudad de La Mancha. Sus novelas tuvieron éxito en los años 60, principios de los 70, justo casi hasta la muerte del dictador. Plinio –y Pavón- no eran franquistas, pero sí de alguna manera, no eran antifranquistas. Se trata de por qué hay detectives, frente a policías. Carvalho no es policía –si acaso algo parecido en un pasado siempre muy umbrío-, es un detective que va por su cuenta, como los duros del cine negro. No es en vano que Carvalho viaje hasta Argentina y se vea envuelto en casos referidos a los “desaparecidos” de la dictadura, pro sensibilidad ideológica. Pero es que Carvalho es de izquierdas, y eso le dio cierta prestancia de más en el ambiente literario. Los detectives y policía de herencia carvalliana, si no son de izquierdas, alguna querencia manifiestan aunque sean tipos que sobreviven a su oficio. A parte de la calidad literaria, Plinio nunca militó, y no trascendió. Tony Romano abandonó la policía, o la policía le abandonó. Hasta los guardiaciviles de Lorenzo Silva, no encontramos el toque demócrata en las fuerzas del orden. Era inevitable.

Este aspecto ideológico también remarcó la novela clásica negra: mirar hacia atrás, hacia los cimientos de estos lodos. Ross McDonald siempre mira hacia la Depresión, en constantes flashbacks, donde se incubaron todos los males. Carvalho, y en cierta manera Plinio, lo hacen hacia los restos de la Guerra Civil Española y la Dictadura Franquista. El propio Carvalho mirará, después, hacia el naufragio del gobierno socialista, Camilleri hacia la Mafia y la Segunda Guerra Mundial, Brunetti hacia la descomposición de la moral política. Todo muy mediterráneo. Como la aceituna negra, cargada de aceite. Como el naranjal que vio Chester Himes por última vez.

Fuentes

Encuentro de Novela Negra en Barcelona 2005 (El País)

Mesa redonda ¿hay una novela negra mediterránea?, 31 de mayo 2006