viernes, 13 de octubre de 2017

LA VIDA DE RAYMOND CHANDLER

La vida de Raymond Chandler
Frank Macshane
Alrevés, 2017




De un tiempo a esta parte, afortunadamente, el género Noir suscita tanto interés como para que no quede circunscrito a la celebración de la veteranísima Semana Negra de Gijón. Granada Noir, Pamplona Negra, Getafe Negro, Las Casas Ahorcadas de Cuenca, el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca y Valencia Negra se han hecho un hueco en la programación cultural española trazando un muy interesante circuito donde los escritores del género, cineastas, guionistas y sobre todo lectores, se encuentran y disfrutan de uno de los géneros más disruptivos de la historia literaria del siglo XX (y XXI). Si hay un nombre que aúna esa ascensión al reconocimiento artístico y la lealtad a una creación de género ese es el de Raymond Chandler.
Con motivo de la programación de Granada Noir (del 29 de septiembre al 8 de octubre de este año) se presenta la reedición de la biografía de Raymond Chandler publicada por Bruguera originalmente en 1977. El completísimo trabajo de Frank MacShane, La vida de Raymond Chandler, con traducción de Piral Giralt lo recupera la editorial barcelonesa  Alrevés, cuando se cumplen cuarenta años de su primera edición.
Chandler fue un escritor que no fue escritor durante gran parte de su vida. Americano de nacimiento, por accidente, británico por formación y afecto, fue californiano nómada que inquieto, vivió en una continua mudanza. De carácter arisco, se casó con la mujer de un amigo –cuyo hijo luchó junto a él en la Gran Guerra- que tenía casi veinte años más que él. Borracho y mujeriego en diversas etapas, contable y aburrido oficinista, el pulp y Hollywood le dieron la oportunidad –y la aprovechó- de poder dedicarse en los últimos veinte años de su vida de sufrir y disfrutar de la creación de historias.
De su exigente trabajo surgió Philip Marlowe, ese detective duro y sentimental que desbrozó la senda abierta por Hammet y elevó el género Noir, lo puso en los anaqueles de las bibliotecas y los escaparates de las librerías –ya no solo en los kioskos-, lo editó en rústica y tapa dura, y forjó la idea –un continuo que llega hasta hoy- por el cual el crimen es cuestión social: corrupción política, dinero público para negocio privado, odio racial, violencia machista; no solo un juego de ingenio que reta al lector. Los jarrones venecianos expulsados al callejón fue la imagen recurrente (Chandler se la aplicó a Hammet en su ensayo El simple arte de matar, 1944). Aquellos jarrones de los saloncitos de palacetes londinenses de Agatha Christie que presenciaban los crímenes eran sustituidos por los gatos mudos que sobreviven entre la basura y la podredumbre de los callejones de los bajos fondos. Junto con Hammett –con quien tan poco coincidió- son renovadores y maestros indiscutidos del género policiaco. Las siete novelas de Chandler son de una categoría literaria sorprendente en un campo en el que ningún lector, hasta aquel momento, esperaba tal calidad. Europa supo reconocérselo pronto. Chandler reveló el lado oscuro de la opulenta sociedad californiana en novelas como El sueño eterno, La hermana pequeña y El largo adiós. Ni es habitual en el perfil su tardía llegada al mundo literario ni su vida de insólito aislamiento. Por ello, porque muy poco se sabía de Chandler resulta imprescindible el estudio de Frank MacShane, quien se nutre del testimonio de quienes conocieron al escritor, de su correspondencia y sus textos inéditos.
El libro de Alrevés, una de las editoriales españolas que mejor catálogo negro presenta en España y que con más decisión apuesta por autores jóvenes, explica mucho sobre la evolución del hardboiled y sobre la vida exigente del escritor exigido de sí mismo. La vida de Chandler no fue apasionante, es cierto, pero hizo de la pasión su vida.


Alfonso Salazar

miércoles, 30 de agosto de 2017

MUNDO CONOCIDO, KNOW WORLD

El siguiente mapa (incluimos también una versión en inglés) traspone culturas históricas que en el mundo han sido al mapa del Mundo Conocido de Canción de Hielo y Fuego (Game of Thrones). Se han utilizado indicios climatológicos, de vecindad, y sobre todo de características culturales y de organización social. Así, en tanto el frío Norte de Poniente puede identificarse sin muchas dudas con las culturas nórdicas europeas, Braavos puede identificarse con Venecia, o Dorne con la España medieval. Otras ubicaciones han seguido una candencia conforme a la localización en el mapa del mundo real, es decir, sabemos que en la Bahía de los Esclavos no predominan etnias orientales, pero están al este, y de alguna manera resultan exóticas para los habitantes de Poniente y como tal las contemplan los personajes.

Pincha en la imagen y amplíala.



viernes, 14 de julio de 2017

ESCENAS DE LOS OCHENTA

Cine Aliatar
José María Pérez Zúñiga
Editorial Valparaíso, Granada, 2017

Publicado en Quimera, nº 404, julio-agosto 2017



Sobre la generación X comienzan a caer meses, años, canas y décadas. Los años 80 son un pasado que comienza a alejarse, y como todos los lejanos pasados, comienzan a brillar en su no retorno, obtienen un tono dorado sobre el recuerdo. José María Pérez Zúñiga ha tomado ese pasado y lo ha volcado en la novela “Cine Aliatar”. No destripamos nada si decimos que el cine, el ochentero principalmente, es pieza fundamental. El cine Aliatar fue uno de los símbolos de la Granada cultural, un hermoso edificio levantado en centro de una ciudad de posguerra, con un aprovechamiento del espacio y una fachada que se estudia en los libros de arquitectura. Fueron muchos los cines de Granada que desaparecieron: Capitol, Astoria, Gran Vía, Olympia, Alhambra, Príncipe, Regio, Goya, Apolo, Palacio del cine… muchos de estos nombres se repetían de ciudad en ciudad, y seguro que en su ciudad, lector -si es otra distinta a Granada y tiene más de treinta y pico años- podrá recordar salas, halls y excavadoras tragándose, de la noche a la mañana, años de sueños y celuloide. De todos los nombres que se podía dar a un cine, Aliatar -por el suegro del último monarca granadino-, era excepcional. Intentó sobrevivir a la moda de los multicines y los edificios plurifuncionales. Quiso seguir siendo cine y hoy es discoteca. Los avatares del cine Aliatar en los años ochenta sirven a Pérez Zúñiga para tramar una historia de amor y abandono que se ilustra en los argumentos de las películas de entonces, con especial predilección por títulos como Blade Runner, Wall Street o Volver a empezar.
El protagonista es un proyeccionista, quien ha surfeado por encima de bobinas analógicas hasta ordenadores que todo lo controlan. Es inevitable, y el autor lo hace, evocar el Cinema Paradiso de Tornatore. Pero al contrario de aquella, en Cine Aliatar el protagonista aventurero solo lo es en las salas de proyección. Solo puede viajar en las funciones de tarde y noche. Son otros los que se van y vuelven, los que vuelan y cumplen argumentos de pantalla en la vida real. Amigos de fiesta, pubs y bares, novios por el paseo marítimo, noches de verano en la arena, indecisiones universitarias, padres injustos y madres achicadas, tiempos transitorios, un realista panorama de nuestra doradísima y desgastada juventud.
Sobre toda la narración que va de los ochenta hasta la primera década del siglo, se coloca, como ineludible explicación de ese presente, el pasado que retumba. Los años ochenta, como cierre de la Transición, confirmó a los jóvenes ochenteros en el papel de debutantes en un mundo más feliz, en un fango feliz, donde fue preferible no preguntar por las aguas que trajeron aquellos lodos. Pero el protagonista bucea en ese pasado, y en las distintas perspectivas, ideologías, victorias y derrotas que podían explicar el mundo de los callados, el de los serviles, el de los purgados y el de los tibios. Son quizá los pasajes más logrados de la novela, aquellos que evocan la campaña de la División Azul o la epopeya de los españoles que murieron en Mauthausen. No es la generación anterior a los protagonistas, aquella generación de nuestros padres que crecieron en la posguerra bajo el silencio y el cerrojazo franquista, sino la generación de los abuelos, una generación que a día de hoy sigue en parte sepulta e innombrada, perdida y sin recuperar. Se mantiene la herida aún abierta. La renuncia absoluta a la cruel herencia franquista debió ser la solución, la de los ochenta y la de ahora. Y ni se dio, ni se da, el paso definitivo.


Alfonso Salazar

sábado, 8 de julio de 2017

FANTASMAGORÍA

Fantasmagoría

Magia, terror, mito y ciencia
Ramón Mayrata

La Felguera, 2017

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Ramón Mayrata ha dedicado gran parte de su vida a investigar la íntima relación que Magia y Ciencia tienen y que deriva en los diversos caminos que la Historia ha dejado marcados. Uno de estos itinerarios es el que hizo derivar, de aquella magia con vocación sagrada, el ilusionismo escénico. Hemos disfrutado en más de una ocasión del amplio conocimiento de Mayrata, cuya formación antropológica le habilita para mantener una apertura en la profundización del saber que le hace no desdeñar ningún camino que quede por desbrozar. Trata con respeto la más equivocada de las conclusiones a las que pudieron llegar nuestros antepasados, con el fin de conocer las motivaciones, antes que quedarse en el mediocre desmontaje de la superchería y punto, al que un extremismo científico estancado en su paradigma, se suele apuntar. Este equilibrio solo sucede cuando el investigador se impregna de cierto relativismo imprescindible y de una hondura de conocimiento que ve más allá del efecto para buscar la causa.
El camino de la magia y la ciencia se unieron para siempre con la caída del Antiguo Régimen. La magia abandonó el mundo sacro para entrar en el escénico. Muchos avances científicos se habían logrado gracias al afán recreativo, ya desde la Grecia clásica, y la Edad Media y el Renacimiento no fueron menos. Los magos hacían uso de ciencias, que se encontraban en pañales, para avanzar en la creación de la sensación de lo posible. Fenómenos lumínicos, aplicaciones como la linterna mágica o la cámara oscura, que siguen siendo fundamentos científicos y artísticos en la actualidad, fueron dominio de los magos y los prestidigitadores.
De los muchos ámbitos donde los magos y otros precursores hollaron -pudo ser el paso del tarot a la baraja-, Mayrata se centra en el fenómeno de la fantasmagoría, el retorno de los muertos, la visión de lo imposible, el dominio de lo aterrador y lo espectral. Conocer el camino de la fantasmagoría es conocer mucho de la deriva del pensamiento, de la lucha entre la razón y el mito. El control de las masas se fundamenta en el control del sueño de las masas. Sucedía desde antiguo: “No estoy divulgando un secreto, sino mostrando la elaboración de una máscara, un procedimiento con el que se pueden crear efectivas representaciones, y que arroja luz sobre las supuestas apariciones milagrosas de los templos o el cortejo fantasmagórico de los dioses en los misterios de iniciación”.
Desde la Revolución francesa, el momento fundamental en que Luces y Sombras se separaron -la fantasmagoría escénica y la trampa sagrada trascendente- el mundo alumbró un nuevo concepto de magia: la ilusión sobre el escenario. Y la literatura abrió las puertas a la novela gótica, a la aparición del fantasma, del condenado y los muertos retornados a la vida. Hasta entonces los seres mágicos apenas eran visibles, los puentes entre un mundo y el más allá no estaban forjados. A partir de entonces, veremos lo que no existe, los fantasmas vendrán y volverán de un mundo a otro con asiduidad y familiaridad. Apunta Mayrata que el motivo puede residir en el desalojo del Más Allá, abandonado por el descreimiento, que obliga a una reabsorción de la pesadilla, el delirio y la alucinación por el mundo tecnológico y artístico del “más acá”.
La erudición de “Fantasmagoría” superará con creces las exigencias de décadas futuras y será referencia inevitable: La Felguera siempre tiene buen ojo. El libro agrupa gran parte del conocimiento mágico y lo enaltece, alumbra importante bibliografía, organiza el pensamiento hasta la fecha rescatando textos, hechos y un atrevido poderío en la cita oportuna de autores varios y de insólita venida al caso, enrolando en una misma tripulación a tipos de diferente estirpe como Platón, Giordano Bruno, Philidor, a Cagliostro y señora, Schröpfer, Buchinger, Cellini, Comus, Marat, Robespierre, Méliès, Rubén Darío, Hugo, Robertson, Goya… Pero también la obra de Shakespeare y de Cervantes, donde la ilusión siempre ha estado presente. El Quijote, como en casi todo, se hace fundamental entre gigantes que parecen molinos, viajes galácticos en caballos de madera y cabezas parlantes.

Detrás de cada fenómeno mágico, de cada elemento que forja la ilusión, hay un deseo humano que cumplir. La magia muestra sobre el escenario que es posible la desaparición y la aparición, la adivinación del futuro, volar o flotar, recomponer lo roto, deshacerse de las ataduras, desafiar las leyes físicas. La magia es el gran consuelo. Esa ha sido la canción eterna del ser humano: podemos cambiar las cosas y el orden del mundo. Aunque parezca imposible. Esa canción explotó durante el cambio que supuso el siglo de las luces: los conflictos sociales reventaron para siempre y abrieron la herida sepultada bajo el Antiguo Régimen. París fue el escenario, revueltas, sangre y guillotina, donde la fantasmagoría se proyectó en las tinieblas.

Alfonso Salazar

viernes, 16 de junio de 2017

LOS COLORES DE NUESTROS RECUERDOS

Los colores de nuestros recuerdos

Michel Pastoureau
Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica 2017
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Vivimos rodeados de colores, los colores nos señalan los caminos correctos, las líneas de mapas que nos llevan de un lugar a otro de la ciudad, indican el luto o la alegría, el carácter, el día de fiesta en el calendario, el líder de una competición ciclista, los contendientes de un partido de fútbol. Los colores ofrecen seriedad y divertimento; los colores proponen la reflexión sobre la vida y la historia. Michel Pastoureau es historiador, especialista en colores, imágenes y símbolos, y escribió un delicioso libro que Periférica ha publicado recientemente con traducción de Laura Salas Rodríguez. El libro es una pequeña joya de recuerdo, introspección y ternura. Pastoureau destila conocimiento y pedagogía, a través de reseñas, anotaciones, breves ensayos sobre sencillos ámbitos de nuestro alrededor (el vestido, la vida cotidiana, las artes y las letras, el deporte, el mito y la simbología, la palabra) nos conduce por el camino de nuestras convenciones y nuestras creencias, de la memoria y la historia.
Humildes preguntas resueltas con historia: los colores de un maillot, el azul de los pantalones tejanos y el azul de la bandera francesa, el semáforo, el uniforme del árbitro, las casillas del ajedrez, el gato negro y Caperucita Roja, abren paso a temas más complejos mostrados con gran sencillez, como la persistencia del blanco y negro, la nomenclatura de los colores en nuestras diversas culturas (ahora y antes), el daltonismo, las elucubraciones de Wittgenstein o los emblemas de la heráldica.
Hay presupuestos que Pastoureau viene a confirmarnos: que moda y deporte han sido dos de los campos que más se han identificado con el ascenso y diversidad del color, así como que el blanco y negro, o el gris, es color de adultos, y los brillantes y chillones serán colores de los niños. Pero hay mucho más, con Pastoureau paseamos por el Montmartre de principios de los años cincuenta y la campiña veraniega de Normandía, por las abigarradas estaciones de metro y la gris Europa más allá del muro de los años setenta. Allí, en todos los paisajes, encontraremos explicaciones al color, ya sea el color imaginado que la memoria modificó, o el simbolismo del color, ya sea el color del aviso, el norte del progreso  o el peso de la industria. Puede el lector descubrir el orden nada aleatorio de las cajas de lápices de su infancia (y descubrir su entronque con Aristóteles), degustar la diferencia entre decir “castaño” y decir “marrón”, discutir con el autor y consigo mismo sobre el beis, chocar con adjetivos imposibles o disfrutar de la imaginación del publicista para inventar nombres para los colores de la lencería.
El historiador, sin embargo, no abandona la relatividad: los nombres de los colores son convenciones, basadas en espectros de luz, en similitudes de apreciación por las que no apostaríamos que sean unívocas. Dice: “los colores del físico o del químico, pues, no son los del neurólogo o el biólogo. Como tampoco son los del historiador, el sociólogo o el antropólogo”.  Pastoureau habla de los colores sin mostrarlos, sin recurrir a los catálogos de pantones, habla sencillamente, con palabras, con la expresión de la cultura sobre los pigmentos, los tintes y las pinturas: “El relativismo cultural se ha vuelto científicamente incorrecto y políticamente sospechoso. O «sí» o «no», nunca «quizá» (…) ya no queda espacio para el matiz, lo relativo, para la ambivalencia”.
Pastoureau ama el verde. Los europeos prefieren el azul. Hay quien prefiere el amarillo, color apartado, minoritario. Usted prefiere un color, utiliza ese mismo color –u otro- en su indumentaria diaria. Casi nadie prefiere el gris, el beis o el marrón. Elegimos colores, identificamos por colores. Había caramelos masticables de piña envueltos en papeles de color azul, los anillos olímpicos toman unos colores simbólicos que intentan reflejar los continentes, o no… Porque es una convención occidental. “En África, hasta fechas recientes, lo esencial no era saber si un color era rojo, verde, amarillo o azul, sino saber si era seco o húmedo, liso o rugoso, tierno o duro, sordo o sonoro”. Sí en el África “negra”.

Alfonso Salazar

lunes, 29 de mayo de 2017

DEL INFIERNO

Reseña publicada en Quimera, número 402.

Del Infierno
José Abad
Nazarí, 2016



El Doble en el Infierno

Del Infierno, de José Abad trata sobre un antiguo tema que está presente en la humanidad desde hace miles de años: el tema del doble. Los alemanes lo llamaron doppelgänger, el doble fantasmagórico de una persona viva, una especie de andarín de los caminos que es exactamente igual que uno mismo, un fenómeno que tanto la ciencia ficción como la literatura fantástica y la novela psicoanalítica han utilizado como recurso.
Todo doble evoca una dualidad. Nuestros entornos nos señalan dualidades abundantes, sensaciones enfrentadas. Hay calor y frío como hay humedad y sequedad, ruido y silencio, luz y oscuridad en las sensaciones; hay arriba y abajo, derecha e izquierda, cercano y lejano, dentro y fuera en el espacio; acción y reacción, pregunta y respuesta, olvido y memoria en el pensamiento; nacimiento y muerte, salud y enfermedad, fortuna y desgracia en la vida; pronto y tarde, antes y después, mañana y ayer en el tiempo; miedo y osadía, razón y emoción, corazón y cerebro, pobreza y abundancia, paz y guerra, piedad y saña, en el curso de la Historia, en el ámbito de la ética, en el campo de los sentimientos y la personalidad. Pero la categoría absoluta de duplicidad se establece en el Bien y el Mal, donde lidian los valores entre sí, ambos lados de la Fuerza.
La literatura gótica alemana legó el Doble como la inglesa trajo el Fantasma. El siglo XIX también legó el psicoanálisis. Tzevan Todorov plantea que el psicoanálisis suplantó al género fantástico en el siglo XX. Otto Rank, discípulo de Freud, aplicó el psicoanálisis a los diversos campos de la cultura, y dedicó un estudio psicoanalítico al Doble. Rank señala a ETA Hoffmann como creador del concepto, cuya influencia convertiría a Jekyll en el demoníaco Hyde de Stevenson. Dice Nietszche que el peor enemigo con quien puedes encontrarte eres tú mismo: tú mismo te acechas en las cavernas y los bosques, esto es en mitad de la naturaleza, donde reside el yo salvaje, antecesor, el ser antiguo preter-cultural. Hay más dobles: Goliadkin  de Dostoievski, Wilson de Poe, Gray de Wilde, el prisionero de Zenda de Hope, el príncipe y el mendigo de Twain.
En estas fuentes se entronca Del infierno, de José Abad. El Doble resuelve su inquietud con dos explicaciones: o bien es fruto de la imaginación –o de la locura, esa imaginación malinterpretada- o es semilla de lo maléfico. Lean la novela y encuentren la elección del autor. Pero hay otra lectura del doble en la novela, también concéntrico como los círculos de infierno dantesco: Siena es la doble de Granada. Allá donde encuentra su doble es en una ciudad que era doble de la suya. Una ciudad que es doble de otra, por fuerza, tiene que incorporar todos sus habitantes dobles. Siena y Granada son ciudades monumentales, de resonancia histórica y con un importante patrimonio universitario: sus bares, apartamentos y comercios se dirigen al universitario y al turista.
Del Infierno rinde homenaje a La Divina Comedia de Dante en su título. La novela tiene una bajada concéntrica hacia el infierno del Doble. Se sostiene en un temor creciente a la figura del doble, contada desde la primera persona de un joven español recién llegado a Siena como Erasmus. Las resonancias de Dante y la presencia del Doble ofrecen una nueva lectura: no solo en el infierno se convive con el Doble, que muestra todo el Mal que albergamos, sino que el libro se convierte en una guía espiritual para el protagonista, a la espera del Purgatorio.

Alfonso Salazar

viernes, 5 de mayo de 2017

EL ODIO A LA POESÍA

El odio a la poesía
Ben Lerner
Traducción de Elvira Herrera Fontalba
Alpha Decay
Barcelona 2017

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El poeta y novelista estadounidense Ben Lerner aborda en El odio a la poesía una constante: la respuesta extrema que produce el género. En menos de cien páginas Alpha Decay ha publicado con traducción de Elvira Herrera Fontalba las cavilaciones del joven poeta de Kansas.
Hay quien ama la poesía por encima de todas las cosas. Hay quien la detesta hasta lo indecible. Las acusaciones al género son varias, desde el infantilismo de su cultivo, la trascendencia que nunca se cumple, hasta el insultante culturalismo o la práctica del surrealismo que expulsa lectores a mansalva. Aunque las nombra todas ellas, el análisis de Lerner se remonta a una versión platónica de la poesía: la poesía como inefable, indecible expresión que resuena en el interior del poeta, incapaz por definición de exponerla a la tribu con toda su expresividad y contenido original. Como si existiese el poema que todo lo dice y todo lo expresa. Lerner achaca a esta búsqueda castigada con el fracaso el constante rechazo de lectores y críticos.
Platón abominaba de la poesía porque los poetas proyectaban imaginación sobre donde debía haber verdad: así debía ser en la República, donde el lenguaje no corrompiera y se dedicase a la filosofía antes que a la irracionalidad. Ese ataque milenario a la poesía la promovió a la categoría de arma peligrosa, de grave impacto político. Quizá el propio ataque platónico tenía ese objetivo, la sacralización de la poesía antes que su entierro, tal y como se santifica a los mártires. A partir de entonces, dice Lerner, la Poesía se puso a competir con la Historia y la Filosofía, como campos ajenos e irreconciliables. Parece que se refiriese a la Literatura, a la Ficción en general. Lerner atraviesa Renacimiento y Romanticismo para plantear como conclusión que la alternativa poética al enfermizo y materialista siglo XIX es un retorno a Platón, pues la custodia consiste en defender la débil sombra de la poesía –sombra de un poema mesiánico, que nunca llega-, consumida casi siempre por los malos poemas.
Para Lerner hay dos perfiles fundamentales que odian la poesía: aquellos que caen decepcionados por la falta de poder que a la poesía se le supone y aquellos otros que la detestan por su aire mistérico y porque no pueden comprender qué quiere decir el poema. Los poetas, incluso, admiran a los poetas que dejaron de escribir poesía, hastiados o convencidos de que no hubiese mejor poema que el silencio. Difícilmente los novelistas admirarían al que dejó de escribir novela, pues no se puede admirar el lucro intelectual cesante. Los poetas leen a los poetas y los lectores de poesía quisieran escribir poemas. No todos los espectadores de cine quisieran rodar películas. Pero casi todos aquellos que escribieron poesía, o que siguen haciéndolo –inconfesablemente- esperan que algún día sus versos queden grabados, en algún libro, en una revista, aunque sean cuatro versos y medio. Aunque detesten la poesía.
Sin embargo, a pesar de su sugestivo título El odio a la poesía solo se puede leer desde el conocimiento de la obra poética en lengua inglesa. No es para menos. No se puede argumentar la filia y la fobia poética sin descender al objeto. Desde la búsqueda del himno litúrgico y definitivo de Whitman al descubrimiento de malos –muy malos- poetas como el escocés McGonagall, desde el empeño genuino de Dickinson y Keats a recientes voces como Rankine, Lerner deambula por la poesía angloestadounidense en busca del concepto “genuino” de la poesía. No aclara qué es genuino, pero creo que no es su objetivo. Desfilan por sus páginas versos, bandazos de vanguardias, reflexiones sobre el significado de la vírgula, razonamientos sobre medida de versos y complicaciones de rima, discursos sobre igualdad social y poesía.
El odio a la poesía merecería su versión hispánica, porque el lector emerge del breve ensayo con la sensación de que ese odio no se sustenta en los poemas fracasados que buscan el poema original, ni en las consecuencias de la poética clásica griega. Ni siquiera puede interpretarse en el aire irónico que la búsqueda de lo genuino destila. Creo que hay abismos culturales entre la poesía hispánica y la escrita en lengua inglesa que dificultan hacer una traducción cultural adecuada. El esfuerzo de la editorial y los traductores no consiguen interpretar un discurso que quizá tiene mucho sentido en la filología inglesa y en la realidad literaria estadounidense –incluso conforme a su historia y política reciente- pero cuyos argumentos palidecen en el sentido hispánico de la poesía. No sé si para mejor o para peor, solo obtengo la sensación de que sería distinto.

Alfonso Salazar

sábado, 11 de marzo de 2017

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

Jorge Luis Borges (El Hacedor, 1960)

miércoles, 1 de marzo de 2017

O

O
Alejandro Pedregosa
Cuadernos del vigía
Granada
2017

LEER EN LOS DIABLOS AZULES



O es un título redondo. O es una exclamación sin hache. Exclamación, signo de interjección sobre la cabeza, es la consecuencia de leer O, tras leer las historias de O. Alejandro Pedregosa vuelve al cuento en esta cuidada edición de la granadina Cuadernos del Vigía, que sigue apostando por armar una selección absoluta con vocación mundial de cuentistas españoles. O sirve también al autor para exponer un juego de títulos. Siempre acompaña un personaje, una referencia, una guía para el lector, un juego de conocimiento y evocación en el nombre de los protagonistas. A un lado el protagonista –el nombre—, al otro el alto concepto. Separados por la “o”. Todos plantean la propuesta disyuntiva que ocasiona una íntima conexión de conceptos. En la antigüedad, y no tan atrás, ese “o” ponía a un lado el título oficial y al otro el que lo hizo conocido pero oficioso. O bien planteaba un segundo miembro aclaratorio. En O se combinan en el primer término del título personajes o nociones del imaginario cultural –de un muy amplio catálogo— con conceptos abstractos y absolutos en el segundo, combinación que propone, desde el inicio, un reto al lector: hallar ambas proposiciones en el relato y descubrir las implicaciones de la mitología de los comunes con la solemnidad conceptual que expone el título de cada cuento.


En la colección hay dos temas que el autor trabaja con sobriedad, a veces saludable comicidad, casi siempre con ternura. Uno, donde engloba la ayuda, el sacrificio, el compromiso, el cuidado. Personajes que cuidan de otros personajes. Sacrificios y compromisos con el otro. Jacob que cuida de Esaú, La Santa que cura al pastor, Sócrates arrepentido cuida al joven ejecutor, Fermín quisiera cuidar de Gretel… en casi todos los cuentos aparece una pareja, una dualidad que son multitud suficiente y se encuentran engarzados en su inicio y en su final.

El otro tema principal se refleja desde la mayoría de los títulos: triunfa el derrocamiento de las palabras generales, de los altos conceptos: Monarquía, Patriotismo, Vasallaje, que quedan reducidos a la cobardía, la trampa, la locura y el miedo. Tras el “o” disyuntivo aparece el descenso a las realidades cotidianas de la pobreza, la fraternidad, la esclavitud, la represión.

Para Alejandro Pedregosa no es nuevo el arte de contar relatos, relatar cuentos. A sus varias novelas publicadas (A pleno sol, Hotel Mediterráneo y la dupla de la España negra Un mal paso y Un extraño lugar para morir) y sus libros de poesía, hay que sumar que desde hace varios años colabora en periódicos como Ideal, Hoy, Sur, El Correo o El Diario Vasco con una tradicional serie de relatos, habituales de estío. En ellos es frecuente que utilice las referencias culturalistas con cierta socarronería recurriendo tanto a mitos de los ochenta —como la canción del verano— como a culturalismos de a pie, en la sana pretensión de que lo mítico también se encuentra en la sencillez de la cultura popular.

Técnicamente sus relatos no se sustentan en el juego de la sorpresa sino en el fundamento de remover la conciencia y suscitar la emoción, cosa que el lector siempre agradece, invitado al juego de la inteligencia y la ironía. Los ambientes son cuidados, dibujados con esmero y precisión. El trabajo de minería que exige el cuento, la búsqueda de la intensidad y el rechazo de lo extenso baldío se manifiesta con evidencia, sencillez y sin presión alguna. Acérquense a la galería, entren por los vericuetos del cuento. Disfruten de las reencarnaciones de Don Camilo y Peppone, de Herodes y Jonás, de Mambrú, Electra, Celestina y Patronio. Personajes que proceden de los cuatro puntos cardinales de la memoria literaria, de la tradición bíblica, de la mitología, la filosofía y el cuento infantil. Ellos han obtenido una nueva vida, tres páginas donde poner su nombre y su acervo al servicio de otros, en la piel de personajes del día de hoy. Tres páginas para recuperar su vida marcada por el destino irreversible. Tres páginas para que usted recupere la sonrisa y la confianza en la literatura. Ponga la boca redonda y diga O.

Alfonso Salazar