domingo, 8 de abril de 2018

Nolan Líquido

Christopher Nolan
José Abad
Cátedra
Madrid
2018


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Pudiese parecer que diez películas dirigidas y menos de cincuenta años no es suficiente equipaje para que un director sea objeto de estudio. Es cierto que hubo directores de carrera más corta, pero fue el tiempo el que puso las obras en su lugar it los estudios en las bibliotecas. Sin embargo, como bien ha apreciado José Abad en su último libro publicado por Cátedra, Christopher Nolan bien merece este miramiento.

No sólo porque la obra cinematográfica de Nolan haya puesto patas arriba el arte de contar historias, a través de la luz, en las últimas dos décadas sino porque la lectura que hace el autor de la obra nolaniana parte de una premisa fundamental: todo arte ha de entenderse en su contexto histórico, pues son testimonio de su época. La obra del londinense lo es, trate sobre superhéroes, sobre enfrentamientos entre ilusionistas a finales del siglo XIX o futuros cercanos y apocalípticos. Abad toma como línea argumental el descubrimiento del rastro de las reflexiones de Zygmunt Bauman en la obra de Nolan, o mejor explicado: hace una interpretación de la obra de Nolan conforme a los postulados del filósofo polaco. Lo hace a partir de la metáfora de la modernidad líquida (la sociedad líquida, el amor liquido) por la cual las sociedades occidentales contemporáneas se fundan en el capitalismo extendido y globalizado, la privatización del servicio público, la extraordinaria revolución de la información, la tecnología y la comunicación, y en definitiva el profundo cambio en las relaciones sociales que arrumban al ser humano fuera de la colectividad e inserto en su yo mismo. Otros dirán posmodernidad, aquí diremos liquidez. El hallazgo da visión formal y profunda al repaso histórico de la obra cinematográfica del cineasta londinense que hace Abad. Nolan es un autor que nunca tuvo propensión al cine independiente y siempre tuvo claro que era en el mainstream donde conseguiría llegar a una mayoría de público. Es una opción que conlleva establecerse en los grandes presupuestos, en el huracán y desprecio crítico, en la difícil convivencia con las estrellas cinematográficas y en un entusiasmo contenido por las historias que pueden chirriar en las mentes biempensantes de las grandes compañías cinematográficas.
Nolan ha conseguido sobrevivir en ese mundo con una asombrosa naturalidad. No ha necesitado una formación indie, una concesión de sus principios ni una escalada hacia el éxito agarrado a las mamas de otros directores triunfantes. Prácticamente el éxito le llegó solo y sin eximirse de la experimentación narrativa y temática. Quizá la claridad de ideas y sobre el lugar que el cine ocupa en la cultura popular, quizá la crianza en el imaginario del cine de los ochenta (Spielberg, Lucas) sin desprenderse de los grandes clásicos y del cine más intelectual, hacen de Nolan el primer director absolutamente líquido del panorama cinematográfico. El libro de Abad es más que oportuno y a estas alturas se hace necesario. Es un buen momento para reflexionar sobre las realidades artísticas actuales en muchos más caracteres que el titular y el artículo periodístico o crítico sobre la obra en marcha de un autor trascendental.
Su trabajo (hasta el momento presente) se puede dividir en cuatro grandes bloques, con uno de ellos recientemente inaugurado. En su primera serie de películas abunda la experimentación con el thriller, fase representada sobre todo por Memento (2000) y su estructura descoyuntada, e Insomnia (2002) paradigma del extrañamiento (y extrañeidad adiciona Abad conforme a Augé). Posteriormente, y para sorpresa de muchos críticos que tenían la esperanza en que la carrera de Nolan se dejaría llevar por una poética al borde, el director de Londres –conocedor ya de las trampas de Hollywood- aceptará embarcarse en la aventura de restituir a Batman con su poderosa trilogía del caballero oscuro (Batman Begins en 2002; The Dark Knight en 2008; y The Dark Knight Rises en 2012). José Abad, en el capítulo que dedica al hombre murciélago, repasa a conciencia la historia cinematográfica de los adalides de DC Cómics, devenida casi siempre al rebufo del impulso de Marvel, a pesar de que Superman y Batman fuesen pioneros en la extensión de la historieta al audiovisual. Pero esta opción de Nolan, atreverse con una visión de Batman que hiciese compatible un discurso propio, humano y a la vez espectacular, no se trata de una sencilla opción alimenticia. Hay mucho más detrás del caballero oscuro, como nos hace descubrir Abad, tal y como lo hay –y habrá con mayor o menor suerte- detrás de la saga que coloca a Superman como el hombre de acero, en esta misma década nuestra, y que el trabajo de productor de Nolan puso en manos de Zack Snyder (el atrevido reintérprete del cómic en 300 y Watchmen) con Man of Steel (2013) y Batman v Superman (2016).
Entre medias, mientras Nolan se embarcaba en la restitución de Bruce Wayne –y del Joker-, no descuidó en absoluto sus otras preocupaciones: películas a las que las productoras no podían negar su financiación, aunque sus argumentos fuesen arriesgados (a veces menos de lo que podría exprimirse de ellos) y en cualquier otro momento, o a propuesta de cualquier otro director habrían dormido para siempre en los cajones de las mesas de los despachos de los grandes productores. Intercaladas con las obras sobre Batman, Nolan nos ofreció The Prestige (2006), Inception (2010) y Interstellar (2014), obras que se acercan a la maestría y donde el director muestra tanto su interés por el simulacro de la realidad, la ficción, el sueño y la interpretación del mundo como por la flaqueza humana, el tesón colectivo y el desempeño individualista.
La historia continúa y, con seguridad, Abad deberá revisitar su monografía dentro de diez años si Nolan persiste en su ritmo creativo. La última aventura del cineasta (Dunkirk, estrenada hace un año) abunda en la interpretación de los anhelos humanos a través de la guerra estableciendo en su narrativa un interesante puzle de tiempo y espacio que toma como motivo uno de los orgullosos momentos heroicos de la historia de su país. Aunque no sea tanto patriotismo como reflexión ante la violencia, muerte y destrucción puede abrir la puerta de un nuevo cine histórico británico. Última entrega para una sólida carrera que explora lo líquido. Vean a Nolan y lean a Abad.

viernes, 9 de febrero de 2018

Historiografía para la nueva derecha

En defensa de España. Desmontando mitos y leyendas negras
Stanley G. Payne
Espasa
Madrid
2017


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El último premio Ensayo Espasa ha optado por el don de la oportunidad. El libro ganador, En defensa de España, de Stanley G. Payne, es un catecismo de buenas prácticas historiográficas para la nueva derecha española. Con el argumento de desmontar leyendas negras y mitos, el hispanista se monta un recorrido por la historia de parte de la península ibérica que insiste en volver a levantar los mitos que terminan por enaltecer el espíritu de lo español, lo castellano, lo monárquico y lo católico. Así que, con la que cae de antiespañolismo, rebeldía periférica, republicanismo y lucha de bandera, ocasión que ni pintada: tres carabelas en su portada no tienen por qué ser presagio de buena singladura.
Por partes. Vuelve Payne a enarbolar el concepto de Reconquista, a envolverse en el pendón y la defensa de Castilla, la reserva espiritual de España, y en tanto mantiene para los godos pretéritos el espíritu de españolidad, se lo niega a los musulmanes asimilados, descendientes de norteafricanos —como los sojuzgados por la minoría goda—, que vivieron siete siglos en una misma tierra. Por eso el autor, porque el medievo musulmán no servirá a su propósito, pasa de puntillas. Sigue el previsible elogio de la monarquía hispánica de sus católicas majestades; se levanta en el segundo tercio y pasa imperial por el siglo y medio de Austrias, esos que gobernaban con total consciencia una adición de territorios y sabían que lo que hoy está bajo misma corona, mañana quizá no lo esté; se encuentra augusto en el florecimiento del Imperio, recio honor a los tercios y conquistadores, con debido silencio sobre las rebeldías territoriales; remate de época con salpicón de dos siglos y tanto de borbones salteados con repúblicas y dictaduras.
Se siente más seguro en el análisis del siglo XX. En la II República se dedica a dar estopa a los presidentes elegidos democráticamente –como si sus decisiones no fuesen mucho más legítimas que las que hubiese tomado cualquier Borbón en años anteriores, y posteriores— y a poner en solfa los resultados electorales de 1936 conforme a peregrinos argumentarios del primer franquismo; en la Guerra Civil da por sentado que fue mejor solución la dictadura que la revolución, que Durango y Guernica fueron meros accidentes del frente y que los números de muertos son exagerados; y en la dictadura, si bien creemos que Franco no merece un juicio histórico, ni es necesario que lo tenga, sí se le debe al franquismo (al que Payne se empeña en llamarlo pseudofascismo, semifascismo y otros eufemismos), un juicio que no llega y que libros como este vienen a demorar. No por equidistancia, sino por prevalencia. No hay la más leve alusión a la España que se fue al exilio. Ni una España, ni dos Españas, al menos tres. Debe ser que no forma parte de la leyenda negra.
En la Transición, su momento estelar, Payne se viene arriba, se mete en el libro y protagoniza reuniones históricas en EE.UU. donde se decidirá el futuro de España. Como lo leen. Sigue la deriva con defensa del rey, elogio y lamento de Torcuato Fernández-Miranda y lanzamiento de Suárez por el centro izquierda y el pozo de la ambición; sobreviene leñazo a la izquierda, revisión de la Transición como un momento de desmovilización política y modelo para el mundo. Por supuesto, todo es culpa del posmodernismo, el igualitarismo, el “buenismo” (cuando pasa Rodríguez Zapatero, le da un capón) y este sindiós de corrección política y relativismo de izquierda que define Trillo Figueroa como “ideología invisible” (ojo, Trillo el hermano, no el ex ministro). Y para rematar un buen rapapolvo a la memoria histórica (democrática), como si fuese el leviatán que nos conduce al desastre.
En fin, a buen entendedor y aunque lo disfrace de otra cosa, parece panorama de una eterna Guerra Civil, posiblemente iniciada en la Navas de Tolosa, por la que desfilan las sombras de abencerrajes, beltranejos, comuneros, moriscos, catalanes, afrancesados, carlistas, anarquistas, requetés y etarras. No es de extrañar que el escudo heráldico español esté cuarteado, dividido en tantos símbolos (compárenlo con el recio emblema de Francia, con la poderosa cruz griega de plata, con el águila federal alemán que a veces recuerda al de San Juan pasado por el cómic…). Este escudo solo lo cimenta una dinastía con una flor en su centro. Cosas que seguimos viendo en el siglo XXI.
Libros como este establecen la nueva propaganda, la adecuada revisión que espera la derecha (la nueva y la vieja derecha demócrata y democratable) para poder enfrentarse a su pasado y justificar sus ancestros ideológicos sin dolor. Es un libro de opinión, muy versada, muy documentada, que bebe de donde conviene, pero no defiende más que una opinión vieja, muy vieja, disfrazada de nueva. La Historia no obliga más que, como en el adagio, aprender del error pasado (cosa que el autor evoca), porque la Historia nos ha demostrado que no hay organización ni estructura que aguante para siempre, ni el Reich, ni la Catalunya triomfant, ni el París de la Comuna, ni la España de Franco —aunque algunas universidades y organizaciones religiosas se empeñen en los contrario—. Tampoco la Historia es llevada por la voluntad de un ser humano, como Payne quiere hacernos creer, ya sea por el designio en lo universal de los Reyes Católicos, por la ciclotimia del primer Felipe de Borbón, la ambición de Godoy, el calentón de un Primo de Rivera, los excesos de don Niceto Alcalá-Zamora o la fingida imprevisibilidad del dictador, que en este libro parece un pobre hombre obligado y abúlico, soñador del imperio africano, que tuvo que hacer lo que tuvo que hacer porque no había más remedio y bien justificado queda.
Todos ellos no son más que monigotes de las circunstancias sociales, económicas y culturales, del contexto internacional, dando igual el nombre del ser humano e importando mucho más su época, donde el apellido fue un accidente. Si a un estudiante de la Alta Austria le hubiesen elogiado su pobre obra pictórica y hubiese accedido a la Academia de Bellas Artes de Viena, quizá nos hubiéramos evitado un dictador llamado Adolf Hitler y hubiésemos ganado un mediocre pintor, pero ello no aseguraría que hubiésemos evitado el ascenso del nacionalsocialismo y su traca mortal. Tampoco es plan de echarle la culpa al jurado de acceso a la academia vienesa. Creo que esto me lo contaba un viejo músico francés. Este prurito alérgico de anti materialismo histórico de Payne le lleva a perder el rumbo, centrarse en los nombres de los hombres (y pocas mujeres) que presiden las paredes de los salones de pasos perdidos de la Historia, serios y pétreos en sus retratos de plano medio, y además, dedicarse a la historia ficción del qué hubiera pasado si… si Franco se hubiese levantado el 18 de julio con migraña, si don Niceto hubiese dejado gobernar a Gil-Robles, si Pepe Botella hubiese caído en gracia, si, si, si, Sisí emperatriz.
Para enjaretar este país, donde muchos de sus ciudadanos han superado desde hace años el rapto y muerte de la madre patria (a manos de la derecha y con ahogo de naftalina, práctica que se llevó por delante los símbolos, las tradiciones y más de medio orgullo histórico) hace falta más que reinventar la Historia, reinterpretarla y empezar a contarnos un cuento nuevo de dónde venimos y adónde vamos. Será un libro de gran éxito (como los de Pío Moa) para poder discutir en la mesa del gran cuñado, pero insiste en el empeño de la revisión, y sin entrar en el fondo de las cuestiones: veamos nuestra historia, relacionada con todos los pueblos que nos rodean, dejémonos de la visión etnicista (incluso la que proviene de los godos, se sustenta en la Iglesia católica y lo empuja una oligarquía imperial sin sentido del ridículo). Quizá lleguemos a la conclusión de que frente a la leyenda negra nos queda levantar la tortilla de patatas y el gazpacho. No es un mal inicio.

Alfonso Salazar

viernes, 22 de diciembre de 2017

Hielo y Fuego medieval

Winter is coming. El mundo medieval en Juego de Tronos
Carolyne Larrington
Traducción de Aurora Ballesteros
Desperta Ferro
2017



Canción de Hielo y Fuego, de George RR Martin, convertida en Juego de Tronos por manos de la HBO y los showrunners David Benioff y D.B. Weiss se ha convertido en uno de los grandes fenómenos narrativos y de entretenimiento de los últimos años. Las sagas de héroes tienen mucha y buena acogida desde hace siglos, sean más o menos realistas, sean menos o más ficticias. Martin, el creador loco de la saga, aunque parece un tipo en las antípodas de JRR Tolkien, bebe de fuentes parecidas. El libro “Winter is coming: El mundo medieval en Juego de Tronos” de Carolyne Larrington y editado por Desperta Ferro viene a rebuscar las inspiraciones históricas y culturales de Canción de Hielo y Fuego para entroncar con las tradiciones, los cantares y leyendas, los usos de la guerra, la organización social, la adaptación climática, el carácter que la historia nos ha transmitido de cada una de las culturas que en la Europa medieval (sobre todo) fueron y de la visión que de Oriente tuvieron aquellos habitantes europeos.

El libro se organiza en un viaje que comienza en el Norte de Poniente recorre el resto de continente y atraviesa el mar Angosto camino de Essos, hasta el Mar Dothraki y más allá. Para los que no conozcan la serie, ni la serie de libros, este artículo puede convertirse en un exótico galimatías. Ruego me disculpen. La formación medievalista de la autora alumbra cada paso. Las referencias son claras y diáfanas. En esa inevitable comparación con Tolkien, el otro gran hacedor de mundos de la literatura anglosajona, Martin adolece de la tan intensa invención de universos del sudafricano, pero como buen divulgador, enriquece su ficción con elementos tomados de toda cultura, bien batidos y mejor presentados, con todas las virtudes del contador de historias, inspirado y preparado para mantener la tensión.
El libro está bien documentado, con abundante bibliografía, índice analítico y dos tipos de ilustraciones: las históricas (reproducciones de grabados, pinturas, esculturas, joyas…) y en otro grupo reconocible las ilustraciones aportadas por la propia editorial y extraídas de su revista de cabecera, en un tono de cómic antiguo, que evocan escenas medievales europeas y la cartografía y dibujos de los personajes de Canción de Hielo y Fuego que se inspiran en los personajes televisivos. Está claro que el libro no es un producto oficial. Ni falta que le hace.
Las leyendas que sustentan a los Caminantes blancos, los guerreros eunucos que recuerdan a los Inmaculados, las hermandades guerreras, las religiones precristianas y los viejos dioses, el cristianismo y la fe de los siete, el camino hacia Extremo oriente como el camino hacia las Montañas Rojas, Pentos como Venecia, el Muro de Adriano y el Muro de Brandon el Constructor, los cuervos de Odín, la psoriagris y la lepra, la guerra de las dos rosas, Lannister/Lancaster, Stark/York, etcétera, etcétera. La autora encuentra paralelismos en el mínimo detalle, por un lado acotando las venas inspiradoras de Martin, por otro lado glosando la habilidad, el vasto conocimiento y el esfuerzo y tesón del autor.
Juego de Tronos, que enfrentará su última temporada –televisiva- previsiblemente el año que viene, es también un mundo en expansión, como lo es la franquicia de Star Wars (fuera del paritorio en el mundo literario) y lo siguen siendo El Señor de los Anillos y la saga de Harry Potter. Todas estas sagas pisan con mayor o menor fortuna todos los mundos conocidos del capital y el consumo. Grandes productos del entretenimiento de entre milenios, se han adherido al acervo común, se han incrustado en las referencias culturales, se hacen inseparables del recuerdo, la pasión, la emoción y el descubrimiento de la antiquísima pasión humana de imaginar mundos, imaginar historias. Pero no sufran (suframos) los adictos, porque aunque llegue una última temporada le falta la extensión en videojuegos, los spin off, productos basados en el Mundo Conocido en épocas alternativas, secuelas y precuelas y, sobre todo, los últimos libros de George RR Martin, que ni los dioses antiguos y nuevos saben por dónde saldrán. Claro está que el invierno se le ha echado encima.

Alfonso Salazar

viernes, 13 de octubre de 2017

LA VIDA DE RAYMOND CHANDLER

La vida de Raymond Chandler
Frank Macshane
Alrevés, 2017

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De un tiempo a esta parte, afortunadamente, el género Noir suscita tanto interés como para que no quede circunscrito a la celebración de la veteranísima Semana Negra de Gijón. Granada Noir, Pamplona Negra, Getafe Negro, Las Casas Ahorcadas de Cuenca, el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca y Valencia Negra se han hecho un hueco en la programación cultural española trazando un muy interesante circuito donde los escritores del género, cineastas, guionistas y sobre todo lectores, se encuentran y disfrutan de uno de los géneros más disruptivos de la historia literaria del siglo XX (y XXI). Si hay un nombre que aúna esa ascensión al reconocimiento artístico y la lealtad a una creación de género ese es el de Raymond Chandler.

Con motivo de la programación de Granada Noir (del 29 de septiembre al 8 de octubre de este año) se presenta la reedición de la biografía de Raymond Chandler publicada por Bruguera originalmente en 1977. El completísimo trabajo de Frank MacShane, La vida de Raymond Chandler, con traducción de Piral Giralt lo recupera la editorial barcelonesa Alrevés, cuando se cumplen cuarenta años de su primera edición.
Chandler fue un escritor que no fue escritor durante gran parte de su vida. Americano de nacimiento, por accidente, británico por formación y afecto, fue californiano nómada que inquieto, vivió en una continua mudanza. De carácter arisco, se casó con la mujer de un amigo –cuyo hijo luchó junto a él en la Gran Guerra- que tenía casi veinte años más que él. Borracho y mujeriego en diversas etapas, contable y aburrido oficinista, el pulp y Hollywood le dieron la oportunidad –y la aprovechó- de poder dedicarse en los últimos veinte años de su vida de sufrir y disfrutar de la creación de historias.
De su exigente trabajo surgió Philip Marlowe, ese detective duro y sentimental que desbrozó la senda abierta por Hammet y elevó el género Noir, lo puso en los anaqueles de las bibliotecas y los escaparates de las librerías –ya no solo en los kioskos-, lo editó en rústica y tapa dura, y forjó la idea –un continuo que llega hasta hoy- por el cual el crimen es cuestión social: corrupción política, dinero público para negocio privado, odio racial, violencia machista; no solo un juego de ingenio que reta al lector. Los jarrones venecianos expulsados al callejón fue la imagen recurrente (Chandler se la aplicó a Hammet en su ensayo El simple arte de matar, 1944). Aquellos jarrones de los saloncitos de palacetes londinenses de Agatha Christie que presenciaban los crímenes eran sustituidos por los gatos mudos que sobreviven entre la basura y la podredumbre de los callejones de los bajos fondos.
Junto con Hammett –con quien tan poco coincidió- son renovadores y maestros indiscutidos del género policiaco. Las siete novelas de Chandler son de una categoría literaria sorprendente en un campo en el que ningún lector, hasta aquel momento, esperaba tal calidad. Europa supo reconocérselo pronto. Chandler reveló el lado oscuro de la opulenta sociedad californiana en novelas como El sueño eterno, La hermana pequeña y El largo adiós. Ni es habitual en el perfil su tardía llegada al mundo literario ni su vida de insólito aislamiento. Por ello, porque muy poco se sabía de Chandler resulta imprescindible el estudio de Frank MacShane, quien se nutre del testimonio de quienes conocieron al escritor, de su correspondencia y sus textos inéditos.
El libro de Alrevés, una de las editoriales españolas que mejor catálogo negro presenta en España y que con más decisión apuesta por autores jóvenes, explica mucho sobre la evolución del hardboiled y sobre la vida exigente del escritor exigido de sí mismo. La vida de Chandler no fue apasionante, es cierto, pero hizo de la pasión su vida.

Alfonso Salazar

miércoles, 30 de agosto de 2017

MUNDO CONOCIDO, KNOW WORLD

El siguiente mapa (incluimos también una versión en inglés) traspone culturas históricas que en el mundo han sido al mapa del Mundo Conocido de Canción de Hielo y Fuego (Game of Thrones). Se han utilizado indicios climatológicos, de vecindad, y sobre todo de características culturales y de organización social. Así, en tanto el frío Norte de Poniente puede identificarse sin muchas dudas con las culturas nórdicas europeas, Braavos puede identificarse con Venecia, o Dorne con la España medieval. Otras ubicaciones han seguido una candencia conforme a la localización en el mapa del mundo real, es decir, sabemos que en la Bahía de los Esclavos no predominan etnias orientales, pero están al este, y de alguna manera resultan exóticas para los habitantes de Poniente y como tal las contemplan los personajes.


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viernes, 14 de julio de 2017

ESCENAS DE LOS OCHENTA

Cine Aliatar
José María Pérez Zúñiga
Editorial Valparaíso, Granada, 2017

Publicado en Quimera, nº 404, julio-agosto 2017


Sobre la generación X comienzan a caer meses, años, canas y décadas. Los años 80 son un pasado que comienza a alejarse, y como todos los lejanos pasados, comienzan a brillar en su no retorno, obtienen un tono dorado sobre el recuerdo. José María Pérez Zúñiga ha tomado ese pasado y lo ha volcado en la novela “Cine Aliatar”. No destripamos nada si decimos que el cine, el ochentero principalmente, es pieza fundamental. El cine Aliatar fue uno de los símbolos de la Granada cultural, un hermoso edificio levantado en centro de una ciudad de posguerra, con un aprovechamiento del espacio y una fachada que se estudia en los libros de arquitectura.

Fueron muchos los cines de Granada que desaparecieron: Capitol, Astoria, Gran Vía, Olympia, Alhambra, Príncipe, Regio, Goya, Apolo, Palacio del cine… muchos de estos nombres se repetían de ciudad en ciudad, y seguro que en su ciudad, lector -si es otra distinta a Granada y tiene más de treinta y pico años- podrá recordar salas, halls y excavadoras tragándose, de la noche a la mañana, años de sueños y celuloide. De todos los nombres que se podía dar a un cine, Aliatar -por el suegro del último monarca granadino-, era excepcional. Intentó sobrevivir a la moda de los multicines y los edificios plurifuncionales. Quiso seguir siendo cine y hoy es discoteca. Los avatares del cine Aliatar en los años ochenta sirven a Pérez Zúñiga para tramar una historia de amor y abandono que se ilustra en los argumentos de las películas de entonces, con especial predilección por títulos como Blade Runner, Wall Street o Volver a empezar.
El protagonista es un proyeccionista, quien ha surfeado por encima de bobinas analógicas hasta ordenadores que todo lo controlan. Es inevitable, y el autor lo hace, evocar el Cinema Paradiso de Tornatore. Pero al contrario de aquella, en Cine Aliatar el protagonista aventurero solo lo es en las salas de proyección. Solo puede viajar en las funciones de tarde y noche. Son otros los que se van y vuelven, los que vuelan y cumplen argumentos de pantalla en la vida real. Amigos de fiesta, pubs y bares, novios por el paseo marítimo, noches de verano en la arena, indecisiones universitarias, padres injustos y madres achicadas, tiempos transitorios, un realista panorama de nuestra doradísima y desgastada juventud.
Sobre toda la narración que va de los ochenta hasta la primera década del siglo, se coloca, como ineludible explicación de ese presente, el pasado que retumba. Los años ochenta, como cierre de la Transición, confirmó a los jóvenes ochenteros en el papel de debutantes en un mundo más feliz, en un fango feliz, donde fue preferible no preguntar por las aguas que trajeron aquellos lodos. Pero el protagonista bucea en ese pasado, y en las distintas perspectivas, ideologías, victorias y derrotas que podían explicar el mundo de los callados, el de los serviles, el de los purgados y el de los tibios. Son quizá los pasajes más logrados de la novela, aquellos que evocan la campaña de la División Azul o la epopeya de los españoles que murieron en Mauthausen. No es la generación anterior a los protagonistas, aquella generación de nuestros padres que crecieron en la posguerra bajo el silencio y el cerrojazo franquista, sino la generación de los abuelos, una generación que a día de hoy sigue en parte sepulta e innombrada, perdida y sin recuperar. Se mantiene la herida aún abierta. La renuncia absoluta a la cruel herencia franquista debió ser la solución, la de los ochenta y la de ahora. Y ni se dio, ni se da, el paso definitivo.

Alfonso Salazar

sábado, 8 de julio de 2017

FANTASMAGORÍA

Fantasmagoría

Magia, terror, mito y ciencia
Ramón Mayrata

La Felguera, 2017

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Ramón Mayrata ha dedicado gran parte de su vida a investigar la íntima relación que Magia y Ciencia tienen y que deriva en los diversos caminos que la Historia ha dejado marcados. Uno de estos itinerarios es el que hizo derivar, de aquella magia con vocación sagrada, el ilusionismo escénico. Hemos disfrutado en más de una ocasión del amplio conocimiento de Mayrata, cuya formación antropológica le habilita para mantener una apertura en la profundización del saber que le hace no desdeñar ningún camino que quede por desbrozar. Trata con respeto la más equivocada de las conclusiones a las que pudieron llegar nuestros antepasados, con el fin de conocer las motivaciones, antes que quedarse en el mediocre desmontaje de la superchería y punto, al que un extremismo científico estancado en su paradigma, se suele apuntar. Este equilibrio solo sucede cuando el investigador se impregna de cierto relativismo imprescindible y de una hondura de conocimiento que ve más allá del efecto para buscar la causa.

El camino de la magia y la ciencia se unieron para siempre con la caída del Antiguo Régimen. La magia abandonó el mundo sacro para entrar en el escénico. Muchos avances científicos se habían logrado gracias al afán recreativo, ya desde la Grecia clásica, y la Edad Media y el Renacimiento no fueron menos. Los magos hacían uso de ciencias, que se encontraban en pañales, para avanzar en la creación de la sensación de lo posible. Fenómenos lumínicos, aplicaciones como la linterna mágica o la cámara oscura, que siguen siendo fundamentos científicos y artísticos en la actualidad, fueron dominio de los magos y los prestidigitadores.
De los muchos ámbitos donde los magos y otros precursores hollaron -pudo ser el paso del tarot a la baraja-, Mayrata se centra en el fenómeno de la fantasmagoría, el retorno de los muertos, la visión de lo imposible, el dominio de lo aterrador y lo espectral. Conocer el camino de la fantasmagoría es conocer mucho de la deriva del pensamiento, de la lucha entre la razón y el mito. El control de las masas se fundamenta en el control del sueño de las masas. Sucedía desde antiguo: “No estoy divulgando un secreto, sino mostrando la elaboración de una máscara, un procedimiento con el que se pueden crear efectivas representaciones, y que arroja luz sobre las supuestas apariciones milagrosas de los templos o el cortejo fantasmagórico de los dioses en los misterios de iniciación”.
Desde la Revolución francesa, el momento fundamental en que Luces y Sombras se separaron -la fantasmagoría escénica y la trampa sagrada trascendente- el mundo alumbró un nuevo concepto de magia: la ilusión sobre el escenario. Y la literatura abrió las puertas a la novela gótica, a la aparición del fantasma, del condenado y los muertos retornados a la vida. Hasta entonces los seres mágicos apenas eran visibles, los puentes entre un mundo y el más allá no estaban forjados. A partir de entonces, veremos lo que no existe, los fantasmas vendrán y volverán de un mundo a otro con asiduidad y familiaridad. Apunta Mayrata que el motivo puede residir en el desalojo del Más Allá, abandonado por el descreimiento, que obliga a una reabsorción de la pesadilla, el delirio y la alucinación por el mundo tecnológico y artístico del “más acá”.
La erudición de “Fantasmagoría” superará con creces las exigencias de décadas futuras y será referencia inevitable: La Felguera siempre tiene buen ojo. El libro agrupa gran parte del conocimiento mágico y lo enaltece, alumbra importante bibliografía, organiza el pensamiento hasta la fecha rescatando textos, hechos y un atrevido poderío en la cita oportuna de autores varios y de insólita venida al caso, enrolando en una misma tripulación a tipos de diferente estirpe como Platón, Giordano Bruno, Philidor, a Cagliostro y señora, Schröpfer, Buchinger, Cellini, Comus, Marat, Robespierre, Méliès, Rubén Darío, Hugo, Robertson, Goya… Pero también la obra de Shakespeare y de Cervantes, donde la ilusión siempre ha estado presente. El Quijote, como en casi todo, se hace fundamental entre gigantes que parecen molinos, viajes galácticos en caballos de madera y cabezas parlantes.
Detrás de cada fenómeno mágico, de cada elemento que forja la ilusión, hay un deseo humano que cumplir. La magia muestra sobre el escenario que es posible la desaparición y la aparición, la adivinación del futuro, volar o flotar, recomponer lo roto, deshacerse de las ataduras, desafiar las leyes físicas. La magia es el gran consuelo. Esa ha sido la canción eterna del ser humano: podemos cambiar las cosas y el orden del mundo. Aunque parezca imposible. Esa canción explotó durante el cambio que supuso el siglo de las luces: los conflictos sociales reventaron para siempre y abrieron la herida sepultada bajo el Antiguo Régimen. París fue el escenario, revueltas, sangre y guillotina, donde la fantasmagoría se proyectó en las tinieblas.

Alfonso Salazar

viernes, 16 de junio de 2017

LOS COLORES DE NUESTROS RECUERDOS

Los colores de nuestros recuerdos

Michel Pastoureau
Traducción de Laura Salas Rodríguez
Periférica 2017
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Vivimos rodeados de colores, los colores nos señalan los caminos correctos, las líneas de mapas que nos llevan de un lugar a otro de la ciudad, indican el luto o la alegría, el carácter, el día de fiesta en el calendario, el líder de una competición ciclista, los contendientes de un partido de fútbol. Los colores ofrecen seriedad y divertimento; los colores proponen la reflexión sobre la vida y la historia. Michel Pastoureau es historiador, especialista en colores, imágenes y símbolos, y escribió un delicioso libro que Periférica ha publicado recientemente con traducción de Laura Salas Rodríguez. El libro es una pequeña joya de recuerdo, introspección y ternura. Pastoureau destila conocimiento y pedagogía, a través de reseñas, anotaciones, breves ensayos sobre sencillos ámbitos de nuestro alrededor (el vestido, la vida cotidiana, las artes y las letras, el deporte, el mito y la simbología, la palabra) nos conduce por el camino de nuestras convenciones y nuestras creencias, de la memoria y la historia.

Humildes preguntas resueltas con historia: los colores de un maillot, el azul de los pantalones tejanos y el azul de la bandera francesa, el semáforo, el uniforme del árbitro, las casillas del ajedrez, el gato negro y Caperucita Roja, abren paso a temas más complejos mostrados con gran sencillez, como la persistencia del blanco y negro, la nomenclatura de los colores en nuestras diversas culturas (ahora y antes), el daltonismo, las elucubraciones de Wittgenstein o los emblemas de la heráldica.
Hay presupuestos que Pastoureau viene a confirmarnos: que moda y deporte han sido dos de los campos que más se han identificado con el ascenso y diversidad del color, así como que el blanco y negro, o el gris, es color de adultos, y los brillantes y chillones serán colores de los niños. Pero hay mucho más, con Pastoureau paseamos por el Montmartre de principios de los años cincuenta y la campiña veraniega de Normandía, por las abigarradas estaciones de metro y la gris Europa más allá del muro de los años setenta. Allí, en todos los paisajes, encontraremos explicaciones al color, ya sea el color imaginado que la memoria modificó, o el simbolismo del color, ya sea el color del aviso, el norte del progreso o el peso de la industria. Puede el lector descubrir el orden nada aleatorio de las cajas de lápices de su infancia (y descubrir su entronque con Aristóteles), degustar la diferencia entre decir “castaño” y decir “marrón”, discutir con el autor y consigo mismo sobre el beis, chocar con adjetivos imposibles o disfrutar de la imaginación del publicista para inventar nombres para los colores de la lencería.
El historiador, sin embargo, no abandona la relatividad: los nombres de los colores son convenciones, basadas en espectros de luz, en similitudes de apreciación por las que no apostaríamos que sean unívocas. Dice: “los colores del físico o del químico, pues, no son los del neurólogo o el biólogo. Como tampoco son los del historiador, el sociólogo o el antropólogo”. Pastoureau habla de los colores sin mostrarlos, sin recurrir a los catálogos de pantones, habla sencillamente, con palabras, con la expresión de la cultura sobre los pigmentos, los tintes y las pinturas: “El relativismo cultural se ha vuelto científicamente incorrecto y políticamente sospechoso. O «sí» o «no», nunca «quizá» (…) ya no queda espacio para el matiz, lo relativo, para la ambivalencia”.
Pastoureau ama el verde. Los europeos prefieren el azul. Hay quien prefiere el amarillo, color apartado, minoritario. Usted prefiere un color, utiliza ese mismo color –u otro- en su indumentaria diaria. Casi nadie prefiere el gris, el beis o el marrón. Elegimos colores, identificamos por colores. Había caramelos masticables de piña envueltos en papeles de color azul, los anillos olímpicos toman unos colores simbólicos que intentan reflejar los continentes, o no… Porque es una convención occidental. “En África, hasta fechas recientes, lo esencial no era saber si un color era rojo, verde, amarillo o azul, sino saber si era seco o húmedo, liso o rugoso, tierno o duro, sordo o sonoro”. Sí en el África “negra”.

Alfonso Salazar